Y tú…¿estás dentro del círculo 99?

Como dice Jorge Bucay:

Hay cuentos que sirven para dormir a los niños y para despertar a los adultos.

Y es cierto, aquí va una buena prueba de ello:

Había una vez un rey que vivía muy triste y que tenía un criado que siempre parecía ser muy feliz. Todas las mañanas despertaba al rey y le llevaba el desayuno cantando alegres canciones de juglares. En su distendida cara se dibujaba una gran sonrisa, y su actitud ante la vida era siempre serena y alegre.

Un día, el rey le exigió que le contara el secreto de su alegría. El paje contestó que no había tal secreto.

–Es que no tengo razones para estar triste, Majestad. Su Alteza me honra permitiéndome atenderle. Tengo a mi esposa y a mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado. Nos visten y nos alimentan. Su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas, ¿cómo podría quejarme?

El rey no comprendía  cómo podía ser feliz viviendo de prestado, usando ropa vieja y alimentándose de las sobras de los cortesanos.

Cuando se calmó, el rey llamó al más sabio de sus consejeros y le explicó la conversación que había mantenido aquella mañana, pidiéndole una explicación.

–Lo que sucede, Alteza, es que él está fuera del círculo tóxico del 99.

–¿Y eso lo hace feliz? –preguntó el rey.

–No, señor. Eso es lo que no lo hace infeliz. Especialmente porque nunca ha entrado.

–Necesito saber qué círculo es ese –dijo el rey.

–Solo podría entenderlo si se lo muestro con hechos, dejando que su paje entre en el círculo.

(…)Esa noche, según el plan, el sabio fue a buscar al rey. Le había traído una bolsa de cuero con noventa y nueve monedas de oro. Ni una más ni una menos.

Se dirigieron hacia los patios del palacio y buscaron un escondrijo junto a la casa del paje. Al alba, justo en el momento en el que se encendía la primera vela en el interior de la casa, ataron la bolsa de cuero en la puerta, golpearon con fuerza y volvieron a esconderse.

Observaron cómo el paje salía, veía la bolsa, la agitaba y apretaba el tesoro que intuía contra su pecho. Luego, mirando hacia todos los lados para comprobar que nadie lo observaba, volvió a entrar en su casa.

Desde fuera, los espías oyeron cómo el criado trancaba la puerta y se asomaron a la ventana para observar la escena. El hombre había tirado al suelo todo lo que había sobre su mesa, excepto una vela. Se había sentado y había vaciado el contenido del saco.

Sus ojos no podían creer lo que estaban viendo. ¡Era una montaña de monedas de oro! El paje las tocaba y amontonaba. Las acariciaba y hacía que la luz de la vela brillara sobre ellas.

Así, jugando y jugando, empezó a hacer montones de diez monedas. Un montón de diez, dos montones de diez, tres montones, cuatro, cinco, seis… Mientras, sumaba: diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta…

Así, hasta que formó el último montón… ¡Ese tenía solamente nueve monedas!

Primero su mirada recorrió la mesa, buscando una moneda más. Después miró el suelo y, finalmente, la bolsa. Puso el último montón al lado de los otros y comprobó que era más bajo.

–¡Me han robado! –gritó por fin–. ¡Me han robado una moneda de oro! ¡Malditos!

Él, que nunca había tocado una moneda de oro en su vida, él, que había recibido una montaña de ellas como regalo inesperado, él, que tenía ahora en sus manos esa fortuna enorme, sentía que le habían robado.

El rey se asombró al comprobar que, por primera vez, el paje no sonreía.(…)

El sirviente guardó las monedas en la bolsa y, mirando hacia todas partes para comprobar que no lo veía nadie de la casa, escondió la bolsa entre la leña. Después tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos.

(…)Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que pudiera recibir, en once o doce años, tendría lo necesario para conseguir otra moneda de oro. Doce años es mucho tiempo, pensó. Quizá pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo durante un tiempo.

Él mismo podía trabajar después de terminar su tarea en el palacio. Hasta la noche podría conseguir alguna paga extra.Hizo cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años podría reunir el dinero.

Quizá pudiera llevar al pueblo la comida que les sobraba todas las noches y venderla por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más cantidad podrían vender.

¿Para qué querían tanta ropa de invierno? Estaba haciendo calor. ¿Para qué tener más de un par de zapatos?

Era un sacrificio. Pero en cuatro años de sacrificio conseguiría su moneda número cien y, entonces, podría volver a ser feliz.

Durante los meses siguientes, el paje llevó adelante sus planes, arruinando su vida, tal como el asesor había predicho.

No pasó mucho tiempo. El rey terminó despidiendo al sirviente. No era agradable tener un paje que siempre estaba de mal humor.

El círculo del 99 (Jorge Bucay)

 

Todos tenemos problemas y preocupaciones  y si no los tenemos, basta con escuchar las noticias para encontrar motivos de sobra para entristecerse, preocuparse o, lo que es más fácil, para quejarse. También en alguna ocasión todos hemos fantaseado con  las cosas  que haríamos si nos tocase la lotería o recibiéramos una herencia multimillonaria y no nos damos cuenta que el bienestar poco tiene que ver lo que poseemos.

Si con todo lo que tienes no eres feliz, con todo lo que te falta tampoco lo serás.

Al igual que le sucedió al paje del cuento, la sociedad de consumo actual nos arrastra a entrar dentro del círculo del 99 y en nuestro empeño de conseguir todas esas cosas, materiales o no, nos olvidamos de lo más importante: sentirnos agradecidos por lo que tenemos, por lo que hacemos y por lo que somos.

No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.

Estar dentro del círculo 99 no significa únicamente  estar enfocado en conseguir cosas materiales  como un coche, una casa o un móvil de última generación…hay personas muy orientadas a  intangibles  como conseguir reconocimiento, prestigio, afecto o simplemente compañía.

La gratitud es la memoria del corazón.

Párate por un instante e intenta recordar ¿cuándo ha sido la última vez que te has sentido una persona afortunada?, ¿cuándo la última ocasión que has dado las gracias por lo que tienes, por lo que haces, por lo que eres?

Salir del círculo 99 es posible, y la mejor manera de empezar a salir es desde la gratitud.  Un buen ejercicio consiste en encontrar al menos tres motivos por los que dar las gracias por cada día que vivimos.

Párate, detente, respira y toma consciencia de la Vida y de todo cuanto te rodea.

Y cuanto te sientas empujado a entrar de nuevo al círculo 99 recuerda que:

Lo verdaderamente importante en la Vida es saber lo  que realmente es  importante.

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El poder de la gratitud

Se cuenta la historia de un campesino que cansado de la rutina del campo y de tanto trabajo duro, decidió vender su finca. Como sabía que su vecino era un destacado poeta, decidió pedirle el favor que le hiciera el aviso de venta. El poeta accedió gustosamente.

El cartel decía:
“Vendo un pedacito de cielo, adornado con bellas flores y verdes árboles, hermosos prados y un cristalino río con el agua más pura que jamás hayan visto”.

El poeta tuvo que marcharse por un tiempo y a su regreso decidió  visitar a sus nuevos vecinos, pensando que aquel hombre de le había hecho el encargo ya se habría mudado. Su sorpresa fue mayor al ver al campesino trabajando las mismas tierras.

El poeta pregunto: – Amigo, ¿no se iba de la finca? –
El campesino respondió con una sonrisa: – No , mi querido vecino, después de leer el cartel que me hizo, comprendí que tenía el mejor lugar posible para vivir –

Tener sueños, ilusiones, objetivos y expectativas no sólo no es negativo sino que puede ser una fuente de motivación y coraje en nuestro día a día. El problema empieza a surgir cuando focalizamos completamente nuestra atención en eso que no tenemos y que deseamos alcanzar en el futuro y perdemos de vista todo cuanto ya tenemos en el presente.

Una de las primeras cosas que nos enseñan de pequeños es a dar las gracias y cuando somos padres, en más de una ocasión preguntamos a nuestros hijos ¿qué se dice?, cuando se les olvida agradecer al recibir algo. Sin embargo, el verdadero valor de la gratitud va mucho más allá de una mera cuestión de educación o formalismo social, pues está demostrado que sentir gratitud sincera es una fuente de bienestar tanto para quien la da, como para quien la recibe, de ahí la importancia de saber  sentirla, pero también de saber expresarla.

¿Qué es la gratitud?
La gratitud es una emoción, pero a diferencia de otras como el miedo, la alegría, la tristeza o la rabia,  no es una emoción básica, ni se produce de forma instintiva, sino que requiere de unos procesos más complejos de la mente, en los que intervienen el sentimiento de amor y unos valores personales que prioricen la cooperación a la competitividad y en los que se renuncie a una  visión egocéntrica de la vida.

¿En qué nos beneficia sentir gratitud?
Experimentar gratitud no sólo es beneficioso para mejorar nuestras relaciones personales, también tiene un efecto directo sobre nuestra salud.

Cuando estamos agradecidos, estamos más contentos, sonreímos más y, por lo general, somos más amables. Sin duda, todos ellos elementos que contribuyen a que los demás valoren mejor nuestra compañía.

Además,  cuando estamos agradecidos, tenemos mayor tendencia a hacer buenas acciones que, por simple que parezcan, pueden despertar el sentimiento de gratitud en otras personas, contribuyendo así a generar una espiral positiva de bienestar tanto en nosotros como en nuestro entorno . (¿conoces la película Cadena de Favores?” de algún modo se inspira en este concepto. Si aun no la has visto puedes ver el trailer apretando aquí.)

Así mismo, la gratitud, como el resto de emociones positivas, contribuye a reducir el estrés y  la ansiedad, dos elementos altamente dañinos para nuestro sistema cardiovascular.

También mejora nuestra concentración y nuestra efectividad, pues ser conscientes de las cosas buenas que nos ocurren  mejora nuestro estado de ánimo y todos sabemos que con un estado anímico positivo, estamos más abiertos y receptivos y, en consecuencia, optimizamos nuestra capacidad de aprender, de innovar y de tomar decisiones.

¿Cómo podemos cultivar nuestra gratitud?
Para desarrollar en nosotros el hábito de agradecer de forma sentida y sincera, lo primero a tener en cuenta es que  para sentirnos agradecidos no siempre tenemos que esperar que nos llegue algo de fuera. Al igual que le sucedió al campesino de la historia, darse cuenta de todo cuanto ya tenemos, es motivo suficiente para sentir gratitud.

Es justamente este segundo tipo de agradecimiento, el que nace de nosotros mismos al tomar conciencia de todo lo bueno que tenemos en la Vida, el que te propongo desarrollar.  Para ello comparto contigo algunas herramientas que te pueden ser de utilidad:

1.- Ve más despacio y toma conciencia de lo que te rodea. El ritmo frenético del día a día hace que en muchas ocasiones perdamos de vista  personas y cosas que ya están ahí. No esperes a perderlas para darte cuenta de lo importante que son para ti.

2.- Empieza por agradecerte a ti mismo. Si eres de los que en alguna ocasión te quejas por los quilos de más, de lo poco que te gusta tu nariz, tu boca o alguna otra parte de tu imagen, o de la poca destreza que tienes  para hacer algo concreto,  te invito a que desde este mismo instante dejes de hacerlo y empieces a agradecerte todo aquello que sí puedes hacer: caminar, peinarte, asearte, incluso leer este texto sin necesidad de que nadie lo haga por ti.

La gratitud está relacionada con el amor y difícilmente podrás dar amor a los demás si no eres capaz de dártelo a ti mismo.

3.- Da las gracias todos los días: Recién levantado o justo antes de irte a dormir son buenos momentos para hacer un repaso del día y dar las gracias por él. Seguro que encuentras al menos un motivo para agradecer. Si lo haces de forma sincera, notarás como en apenas unos minutos cambia radicalmente tu estado anímico.

4.- Los problemas también son oportunidades para agradecer. Gracias a las situaciones difíciles aprendemos de la experiencia, además son oportunidades para mejorar nuestras competencias y habilidades. Si piensas de esta manera el problema seguirá siento el mismo, pero tu actitud hacía él será distinta y eso te ayudará a superarlo más fácilmente.

5.- Pon a prueba tu barómetro de gratitud. ¿Cuándo fue la última vez que te sentiste agradecido de forma sincera y lo expresaste?. Si estar agradecido es muy positivo, aun es mucho mejor compartirlo con esa persona que ha contribuido a que te sientas así de bien.
De la misma manera que no nos cuesta decir aquello que nos disgusta o nos molesta, también debemos encontrar la manera de decirle a alguien lo mucho que nos gusta una determinada cosa.

No basta con querer a alguien, también hay que demostrarlo y
dar las gracias es una buena manera de hacerlo.

 6.- Tú eres un espejo. Tus acciones dicen más de ti que mil palabras y esto es aun más evidente en el caso de tener niños cerca. Si quieres que tus hijos sepan valorar todas las oportunidades que tienen y las cosas buenas que la vida les ofrece, el mejor modo de enseñarles es con el propio ejemplo.

Ten presente que tener una vida feliz no significa tener una vida perfecta, sino disfrutar al máximo de ella, con todas sus imperfecciones.

¿Tienes pensamientos tóxicos?

imagen toxico

Son muchas las dificultades que a menudo nos separan de nuestros objetivos, de nuestras metas, de nuestros propósitos, pero en la mayoría de los casos el principal obstáculo se encuentra en nuestra propia mente.

A nadie se le ocurre tomarse un chupito de cianuro cada mañana al despertar ¿verdad?, sin embargo no nos sorprende escuchar o decir frases del tipo me gustaría pero no es el momento adecuado…no soy lo suficientemente bueno…no servirá para nada…hay muchos mejores que yo…

Todas ellas son frases que forman parte de nuestras creencias limitadoras. Pensamientos tóxicos que contaminan nuestra mente y que acaban interfiriendo en nuestra actitud y en nuestras acciones. Es importante tomar consciencia de ellos e identificarlos cuando se producen, porque si no sabemos gestionarlos adecuadamente, pueden llegar a ser muy dañinos para nuestro bienestar y para nuestro entorno.

“Tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto”   (Henry Ford)

Ésta es una muy frase muy conocida que evidencia una gran verdad:  en muchas ocasiones el secreto del éxito no está tanto en lo que nos pasa, sino en la manera que tenemos de afrontar aquello que nos sucede.

Comparto contigo algunas herramientas muy útiles para combatir los pensamientos tóxicos:

1.- Habla con tu mente:  la verbalización es una herramienta muy potente para encauzar los pensamientos. Cuando identifiques que estás teniendo un pensamiento negativo ponle un nombre que te sirva para separarlo de ti, tipo “esto es una creencia limitadora, esto es un chupito de cianuro…”

2.-Acepta tus emociones: No bloquees las cosas que sientes, durante el día tendrás emociones negativas y positivas, pero antes de ir a dormir dedica unos minutos para recordar sólo aquellas que han sido positivas.

3.- Cambia de aires: cambiar de actividad, dar un paseo, hacer estiramientos o algún tipo de ejercicio suele ser muy útil para desviar la mente de un pensamiento negativo.

4.-No busques culpables: hacerse la víctima y buscar responsables de tus males no te ayudará a solucionarlos y sí contaminará de negatividad tu mente. Toma las riendas de tu vida.

5.- No te compares con los demás: cada uno es como es y lo que vemos de los demás es sólo una parte de muchas más cosas que no vemos ni sabemos.

6.- Respira: dedica varios minutos al día a hacer respiraciones profundas, con ello ayudarás a oxigenar la sangre, lo que mejorará tu funcionamiento cerebral.

7.- Mímate: mírate por las mañanas en el espejo, piropéate y dite algo bonito. Sonreir genera endorfinas que nos aportaran bienestar.

¿Y tú de qué te quejas?

Dr.Wayne Dyer
Dr.Wayne Dyer

“Hay millones de motivos para quejarse y millones de motivos para no hacerlo. Optar por una opción o por otra depende de ti”.
                                                                                                                  (Wayne Dyer)

Si has leído el libro de Wayne Dyer Tus zonas erróneas, esta frase no será nueva para ti. Sea cual sea el caso, es una frase sobre la que vale la pena detenerse a reflexionar aunque ya lo hayas hecho antes:

-¿quién no se ha quejado alguna vez cuando suena el despertador y desea seguir durmiendo un ratito más? ¿quién no se ha quejado porque el agua de la ducha tarda más de la cuenta en salir caliente, porque nos sirven un café que está demasiado frío o demasiado caliente? ¿quién no protesta cuando conduce tras otro coche que circula muy despacio o porque los semáforos se ponen en rojo cuando más prisa tenemos?, ¿y que me dices de la temperatura, alguien sabe cual es la temperatura ideal de una sala?, sea cual sea, siempre habrá alguien a quien no le parecerá bien.

Como dice dice Wayne Dyer, ciertamente, si queremos, tenemos millones de motivos para quejarnos, y si nosotros no lo hacemos seguro que conocemos personas de nuestro entorno que viven situados en la queja constante.

La pregunta es ¿son o somos más felices cuando nos quejamos?, ¿contribuye ello a cambiar la situación que genera la queja?, en ambos casos la respuesta es un rotundo NO.

La pregunta inmediata que se plantea es ¿entonces por qué nos quejamos?, básicamente por dos motivos:

El primero es porque con la queja desviamos nuestra atención sobre lo que sucede y eludimos pensar en nuestra responsabilidad y en lo que podemos hacer nosotros para que ello cambie.

La segunda razón es porque, inconscientemente, la persona que vive en la queja desea obtener la atención de los demás, ni que sea desde la compasión o la lástima.

El precio a pagar por quejarse es que nos incapacita para hacernos cargo de nuestra propia vida y nos genera dependencia de los demás, sin entrar ya en lo desagradable que resulta para los otros la compañía de una persona que vive en la queja constante.

Un ejercicio muy útil para cambiar todo ello, es fijarse cuántas veces al día nos quejamos, sobre qué o quién lo hacemos y cuántas de esas quejas son gratuitas y nos las podríamos haber ahorrado. Un siguiente paso del ejercicio consiste en comprometernos con nosotros mismos a no quejarnos y retarnos a estar 21 días seguidos sin queja.

Cuando son las personas de nuestro  entorno las que se quejan de forma constante, ciertamente nosotros no podemos actuar por ellos, pero sí podemos decidir cómo nos afectan sus quejas y cómo actuamos ante ellas. En vez de hacernos cómplices compadeciéndonos y reforzando su papel de víctima podemos optar por hacer la “técnica del espejo” y mediante sencillas preguntas del tipo “¿qué se te ocurre para cambiar eso?” desviar su atención hacia su propia responsabilidad o, como mínimo, evitar que se queje ante nosotros.

Ante la posibilidad de quejarse o no hacerlo, a partir de ahora ¿con qué opción te quedas tú?