¿A qué te dedicas?


“Se cuenta que una profesora, sin decir palabra, tomó un bote grande y procedió a llenarlo con pelotas de golf. Después preguntó a los estudiantes si el bote estaba lleno. Los estudiantes estuvieron de acuerdo al decir que sí.

La profesora, sin decir nada, cogió una caja llena de canicas y la vació dentro del bote. Las canicas llenaron los espacios entre las pelotas de golf. Entonces la profesora volvió a preguntar a los estudiantes si el bote estaba lleno y ellos volvieron a decir que sí.

Acto seguido la profesora cogió una caja de arena y la vació dentro del bote , llenando así  todos los espacios vacíos.  Nuevamente preguntó a los alumnos si el bote estaba lleno. En esta ocasión los estudiantes respondieron con un sí unánime.

La profesora rápidamente, vertió una taza de café al contenido del bote y, el líquido se filtró entre la arena. Los estudiantes reían en esta ocasión.

Cuando la risa se fue apagando, la profesora les dijo: “Quiero que os deis cuenta que este bote representa la vida. Las pelotas de golf son las cosas importantes,  aquellas cosas que nos apasionan y que dan sentido a nuestra vida. Las canicas son las otras cosas que nos interesan y la arena es todo el demás,  esas  pequeñas cosas que nos suceden en el día a día. Si ponemos la arena en primer lugar en el bote, no habrá espacio para las canicas y mucho menos para las pelotas de golf.

Un estudiante levantó la mano y preguntó qué representaba el café. La profesora sonrió y le respondió: “¡Qué buena pregunta! Sólo es para demostraros que no importa cuánto ocupada puede parecer vuestra vida, siempre hay lugar para tomar un café con buen amigo.”

Existen muchas versiones de esta misma historia y seguro que muchos ya la conocéis pero he querido recuperarla porque aunque pueda parecer muy simple, el mensaje que nos da es de gran valor.

Aquello a que dedicamos nuestro tiempo es donde invertimos nuestra vida.

¿Cuántas veces nos han preguntado a que nos dedicamos?, es una pregunta frecuente cuando acabamos de conocer a una persona, a la que se suele responder diciendo nuestro trabajo actual o nuestra profesión, sin embargo la pregunta adquiere mucha más profundidad si somos nosotros mismos los que nos la plateamos.

¿A qué me dedico?
¿En qué estoy invirtiendo mi tiempo?
¿Qué cosas deseo hacer y  aun no he hecho por falta de tiempo?
En definitiva, ¿cuántas pelotas de golf, cuántas canicas y cuánta arena hay en mi día a día?

La mejor inversión que una persona puede hacer a lo largo de su vida consiste en invertir en la calidad del tiempo de su propia vida.

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Frases inspiradoras para empezar el año

 

El otro día, mientras desayunaba escuché la noticia que, según el Estudio de Consumo Navideño 2018 de Deloitte, los hogares españoles gastarán una media de 601€, entre comida, regalos, viajes y ocio. Lo que supone el 2,7% más que el año pasado, durante las mismas fiestas.

Y aunque la cifra me ha parecido bastante elevada, lo cierto es que no me sorprende teniendo en cuenta que  para supermercados y comercios, cada año las Navidades empiezan antes y la publicidad nos bombardea para que así lo tengamos claro y no lo olvidemos.

Pero esta época del año, además de ser sinónimo de fiestas, celebraciones, consumismo y regalos, también puede ser una excelente oportunidad de introspección, para hacer balance del año que acabamos, para proyectar propósitos para el que año que comienza y, en definitiva, tomar conciencia de aquello que verdaderamente tiene valor para nosotros.

Aquí comparto algunas frases célebres y otras que no lo son tanto, que en un momento dado me han servido para reflexionar y recordar que las cosas más valiosas no son siempre  las que tienen el precio más elevado:

 

• Si no puedes hacer lo que amas, ama lo que sí puedes hacer.

• Quién dedica su tiempo a mejorarse a sí mismo, no tiene tiempo para criticar a los demás. Madre Teresa de Calcuta

• Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside la libertad de elegir. Victor Frankl

• Muchas personas no gozan de las pequeñas alegrías, porque esperan la gran felicidad. Pearl S. Buck

• El secreto de la existencia humana no solo está en vivir, sino también en saber para qué se vive. Fiódor Dostoioevski

• Los ojos no sirven de nada para un cerebro ciego. Proverbio árabe

• Para entender a otra persona no hay nada mejor que caminar un tiempo con sus mismos zapatos.

• Lo que no se soluciona pasando página, se soluciona cambiando de libro.

• Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma. Carl G. Jung

• Muchas personas tienen talento, pero no tantas constancia.

• Aferrarse al odio es como tomarse veneno y esperar que la otra persona muera.

• El primer paso no te lleva adonde quieres ir, pero te saca de donde estás.

• Para ser fuerte no es necesario levantar mucho peso, es suficiente levar el propio cada vez que nos caemos.

• Aquel que le echa la culpa a otros, tiene un camino largo para recorrer. El que que se echa la culpa a sí mismo, ya ha recorrido la mitad del camino. Aquel que no busca culpables, ya ha recorrido el camino entero.

• Las apariencias no engañan. Las que engañan son las expectativas.

• No es lo mismo “mirar” que “ver”. Por eso nuestras relaciones mejoran cuando dejamos de “mirar” a la otra persona y empezamos a “verla”.

• Para no ser mudos, hay que empezar por no ser sordos. Eduardo Galeano

• No corras, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo. Juan Ramón Jiménez

• El pesimista ve la dificultad en cada oportunidad. El optimista ve la oportunidad en cada dificultad. Winston Churchill

• No es feliz quien más tiene, sino quien menos necesita.

• No te molestes con el pozo que está seco porque no te da agua, mejor pregúntate por qué  sigues insistiendo en sacar agua en donde ya ha quedado claro que no puedes encontrarla.

• Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo de que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama, sino en sus propias alas.

¿Y tú, tienes alguna frase que te haya sido útil en algún momento de tu vida? si es así, te animo a que la compartas y entre todos hagamos más larga esta lista.

Las cosas siempre se han hecho así.

 

“Se cuenta que un grupo de científicos encerró a cinco monos en una jaula, en cuyo centro colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de plátanos. Cuando uno de los monos subía la escalera para coger los plátanos los científicos le tiraban un chorro de agua fría sobre los monos que se habían quedado en el suelo. Tras algunas repeticiones, los monos relacionaron subir la escalera con el chorro de agua, de modo que cuando un mono iba a subir la escalera, los otros se le tiraban encima y la daban una tremenda paliza. Después de haberse repetido varias veces la experiencia, ningún mono se atrevía subir la escalera para alcanzar los plátanos.

En este punto del experimento, los científicos cambiaron a uno de los monos por otro nuevo. Y como se puede imaginar, lo primero que hizo el mono novato nada más ver los plátanos fue subir la escalera para cogerlos. Los otros, rápidamente, se le tiraron encima y le pegaron antes de que saliera el agua fría. Después de varias palizas, el nuevo mono no volvió a intentar subir a la escalera a por los plátanos. Entonces, los científicos substituyeron a un segundo mono y ocurrió lo mismo que con el anterior, con la particularidad que el primer mono sustituido participó con especial entusiasmo en la paliza al nuevo compañero. Los científicos, uno a uno fueron cambiando los cinco monos y con todos ellos se repitió la misma historia.

Al final, los científicos se quedaron con un grupo de cinco monos que, a pesar de no haber recibido nunca una ducha de agua fría, continuaban golpeando a aquél que intentaba subir a la escalera para llegar hasta los plátanos.

Si alguno de los científicos hubiera podido preguntar a los monos por qué pegaban con tanto ímpetu al que subía a por los plátanos, seguramente la respuesta sería: No lo sé. Aquí, las cosas siempre se han hecho así “

Hace ya unos cuantos años que escuché esta historieta por primera vez, pero es de ese tipo de cuentos que, pese al tiempo, uno siempre acaba recordando. Y es que “aquí las cosas siempre se han hecho así” es una frase que se pone en práctica con más frecuencia de lo que nos pensamos, incluso en aquellas pequeñas cosas que carecen de importancia.

Esta mañana, sin ir más lejos, acompañando a mi hijo pequeño a su partido de fútbol , en el coche me ha hecho la gran pregunta: -Mamá, ¿por qué cuando papá y tú vais en el coche casi siempre conduce él?-

Allá donde fueres, haz lo que vieres.

Ya lo dice el refrán y no digo yo que la frase no tenga su parte de razón: vivimos en sociedad y desde pequeños vamos integrando comportamientos y formas de pensar y hacer sin cuestionarnos demasiado el por qué de su motivo. Ello forma parte del proceso de socialización por el que todos pasamos. De hecho, ya de adultos, una de las maneras más rápidas para integrarse a un nuevo grupo, es adoptar sus normas y su manera de hacer, pero ¿somos siempre conscientes del precio que acabamos pagando por ello?,
¿hasta que punto en nuestro día a día incorporamos  comportamientos y patrones heredados?, ¿cuántas veces acabamos comprando o haciendo algo porque simplemente está de moda?, ¿por qué en los trabajos se dan tantas resistencias a los cambios y cuesta tanto innovar en la forma de hacer?….

Como dijo Harún al-Rashid:

El único hombre que puede cambiar de opinión es aquel que tiene una.

Va aquí mi invitación a no renunciar a alcanzar nuestro plátano, a reencontrarnos con nuestro niño interior y no perder la sana costumbre de preguntarnos de vez en cuando el por qué y el para qué de las cosas.

Y tú…¿estás dentro del círculo 99?

Como dice Jorge Bucay:

Hay cuentos que sirven para dormir a los niños y para despertar a los adultos.

Y es cierto, aquí va una buena prueba de ello:

Había una vez un rey que vivía muy triste y que tenía un criado que siempre parecía ser muy feliz. Todas las mañanas despertaba al rey y le llevaba el desayuno cantando alegres canciones de juglares. En su distendida cara se dibujaba una gran sonrisa, y su actitud ante la vida era siempre serena y alegre.

Un día, el rey le exigió que le contara el secreto de su alegría. El paje contestó que no había tal secreto.

–Es que no tengo razones para estar triste, Majestad. Su Alteza me honra permitiéndome atenderle. Tengo a mi esposa y a mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado. Nos visten y nos alimentan. Su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas, ¿cómo podría quejarme?

El rey no comprendía  cómo podía ser feliz viviendo de prestado, usando ropa vieja y alimentándose de las sobras de los cortesanos.

Cuando se calmó, el rey llamó al más sabio de sus consejeros y le explicó la conversación que había mantenido aquella mañana, pidiéndole una explicación.

–Lo que sucede, Alteza, es que él está fuera del círculo tóxico del 99.

–¿Y eso lo hace feliz? –preguntó el rey.

–No, señor. Eso es lo que no lo hace infeliz. Especialmente porque nunca ha entrado.

–Necesito saber qué círculo es ese –dijo el rey.

–Solo podría entenderlo si se lo muestro con hechos, dejando que su paje entre en el círculo.

(…)Esa noche, según el plan, el sabio fue a buscar al rey. Le había traído una bolsa de cuero con noventa y nueve monedas de oro. Ni una más ni una menos.

Se dirigieron hacia los patios del palacio y buscaron un escondrijo junto a la casa del paje. Al alba, justo en el momento en el que se encendía la primera vela en el interior de la casa, ataron la bolsa de cuero en la puerta, golpearon con fuerza y volvieron a esconderse.

Observaron cómo el paje salía, veía la bolsa, la agitaba y apretaba el tesoro que intuía contra su pecho. Luego, mirando hacia todos los lados para comprobar que nadie lo observaba, volvió a entrar en su casa.

Desde fuera, los espías oyeron cómo el criado trancaba la puerta y se asomaron a la ventana para observar la escena. El hombre había tirado al suelo todo lo que había sobre su mesa, excepto una vela. Se había sentado y había vaciado el contenido del saco.

Sus ojos no podían creer lo que estaban viendo. ¡Era una montaña de monedas de oro! El paje las tocaba y amontonaba. Las acariciaba y hacía que la luz de la vela brillara sobre ellas.

Así, jugando y jugando, empezó a hacer montones de diez monedas. Un montón de diez, dos montones de diez, tres montones, cuatro, cinco, seis… Mientras, sumaba: diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta…

Así, hasta que formó el último montón… ¡Ese tenía solamente nueve monedas!

Primero su mirada recorrió la mesa, buscando una moneda más. Después miró el suelo y, finalmente, la bolsa. Puso el último montón al lado de los otros y comprobó que era más bajo.

–¡Me han robado! –gritó por fin–. ¡Me han robado una moneda de oro! ¡Malditos!

Él, que nunca había tocado una moneda de oro en su vida, él, que había recibido una montaña de ellas como regalo inesperado, él, que tenía ahora en sus manos esa fortuna enorme, sentía que le habían robado.

El rey se asombró al comprobar que, por primera vez, el paje no sonreía.(…)

El sirviente guardó las monedas en la bolsa y, mirando hacia todas partes para comprobar que no lo veía nadie de la casa, escondió la bolsa entre la leña. Después tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos.

(…)Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que pudiera recibir, en once o doce años, tendría lo necesario para conseguir otra moneda de oro. Doce años es mucho tiempo, pensó. Quizá pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo durante un tiempo.

Él mismo podía trabajar después de terminar su tarea en el palacio. Hasta la noche podría conseguir alguna paga extra.Hizo cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años podría reunir el dinero.

Quizá pudiera llevar al pueblo la comida que les sobraba todas las noches y venderla por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más cantidad podrían vender.

¿Para qué querían tanta ropa de invierno? Estaba haciendo calor. ¿Para qué tener más de un par de zapatos?

Era un sacrificio. Pero en cuatro años de sacrificio conseguiría su moneda número cien y, entonces, podría volver a ser feliz.

Durante los meses siguientes, el paje llevó adelante sus planes, arruinando su vida, tal como el asesor había predicho.

No pasó mucho tiempo. El rey terminó despidiendo al sirviente. No era agradable tener un paje que siempre estaba de mal humor.

El círculo del 99 (Jorge Bucay)

 

Todos tenemos problemas y preocupaciones  y si no los tenemos, basta con escuchar las noticias para encontrar motivos de sobra para entristecerse, preocuparse o, lo que es más fácil, para quejarse. También en alguna ocasión todos hemos fantaseado con  las cosas  que haríamos si nos tocase la lotería o recibiéramos una herencia multimillonaria y no nos damos cuenta que el bienestar poco tiene que ver lo que poseemos.

Si con todo lo que tienes no eres feliz, con todo lo que te falta tampoco lo serás.

Al igual que le sucedió al paje del cuento, la sociedad de consumo actual nos arrastra a entrar dentro del círculo del 99 y en nuestro empeño de conseguir todas esas cosas, materiales o no, nos olvidamos de lo más importante: sentirnos agradecidos por lo que tenemos, por lo que hacemos y por lo que somos.

No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.

Estar dentro del círculo 99 no significa únicamente  estar enfocado en conseguir cosas materiales  como un coche, una casa o un móvil de última generación…hay personas muy orientadas a  intangibles  como conseguir reconocimiento, prestigio, afecto o simplemente compañía.

La gratitud es la memoria del corazón.

Párate por un instante e intenta recordar ¿cuándo ha sido la última vez que te has sentido una persona afortunada?, ¿cuándo la última ocasión que has dado las gracias por lo que tienes, por lo que haces, por lo que eres?

Salir del círculo 99 es posible, y la mejor manera de empezar a salir es desde la gratitud.  Un buen ejercicio consiste en encontrar al menos tres motivos por los que dar las gracias por cada día que vivimos.

Párate, detente, respira y toma consciencia de la Vida y de todo cuanto te rodea.

Y cuanto te sientas empujado a entrar de nuevo al círculo 99 recuerda que:

Lo verdaderamente importante en la Vida es saber lo  que realmente es  importante.

El poder de las palabras: “Los clavos en la puerta”.

Había una vez un niño que tenía muy mal genio. Todos los días se peleaba con los compañeros de colegio, con sus padres, con su hermano… un día,  su padre decidió hacerle un regalo. El niño, al ver el paquete, lo desenvolvió con gran curiosidad y quedó sorprendido al ver lo que contenía en su interior: una caja de clavos.

Al ver la cara de asombro del niño, el padre le pidió: “cada vez que pierdas el control, cada vez que contestes mal a alguien y discutas, clava un clavo en la puerta de tu habitación”.

El primer día, el niño clavó 37 clavos en la puerta. Con el paso del tiempo, el niño fue aprendiendo a controlar su rabia, pues le era más fácil controlar su temperamento que clavar los clavos en la puerta. Finalmente llegó el día en que el niño no perdió los estribos y no tuvo que clavar más clavos.

El padre orgulloso, le entregó al niño otro regalo. En esta ocasión, el paquete contenía unas tenazas. Ante el asombro del niño, el padre le sugirió que por cada día que pudiera controlar su genio, sacase un clavo de la puerta.

Los días transcurrieron y al cabo de un tiempo el niño logró quitar todos los clavos de la puerta. Conmovido por ello, el padre tomó a su hijo de la mano y lo llevó hasta la puerta, y con suma tranquilidad le dijo: “Has hecho bien,  pero mira los hoyos… la puerta nunca volverá a ser la misma. Cuando dices cosas con rabia, las palabras dejan una cicatriz igual que ésta”.

El niño comprendió la enseñanza de su padre y descubrió el poder de las palabras.

¿Quién no se ha discutido alguna vez con alguien?.
¿Quién no ha dicho en alguna ocasión algo de lo que después se ha arrepentido?.
Por mucho que se diga lo contrario, las  palabras no se las lleva el viento. Las heridas verbales pueden seguir sangrando incluso después de mucho tiempo y pueden llegar a ser tan dañinas como una herida física. Por ello es mejor un silencio a tiempo que una disculpa demasiado tarde.

La palabra que menos hiere es la que nunca se ha dicho.

En la mayoría de los casos, la emoción que se esconde tras palabras agresivas e hirientes es la rabia y la motivación principal de una mala palabra no es otra que dejar salir todo ese malestar que sentimos dentro. En definitiva, las malas palabras, las palabras hirientes, suelen ser la válvula de escape a una emoción que no somos capaces de gestionar.

Las consecuencias de actuar de este modo todos las conocemos, y aunque en muchas ocasiones puede haber reconciliación, lo cierto es que las discusiones frecuentes pueden llegar a distanciarnos  incluso de las personas más cercanas.

Como padres, educadores, o simplemente adultos que deseamos cuidar nuestro bienestar, debemos tomar conciencia del poder de las palabras y de la importancia de saber gestionar nuestras emociones para que ellas no nos acaben gestionando a nosotros.

Aquí tienes algunos sencillos pero efectivos consejos que pueden ayudarte:

1.- “Cuando estés enfadado cuenta hasta 10. Cuando estés muy enfadado hazlo hasta 100”.
Seguro que esto ya lo has escuchado antes. Puede parecer una frase tópica y simple pero su aplicación no lo es tanto. En realidad, de lo que se trata es de encontrar un espacio para conectar internamente con un estado de calma. Centrar la atención en la respiración también puede ser una ayuda.

2.- “Identifica el detonante”.
 Muchas veces estallamos en un determinado entorno o por una determinada causa. Identificar qué es lo que nos hacer “perder nos nervios” juega a nuestro favor, porque nos facilita evitar esa situación antes de que se produzca o, por lo menos, prepararnos para no perder los papeles tan fácilmente.

3.- Expresa cómo  te sientes.
No siempre podrás evitar una discusión.  Suelen decir que la mejor defensa es un ataque, pero lo cierto es que ponernos a la defensiva o atacar con malas palabras cuando alguien nos hiere sólo contribuye a crispar más el ambiente. Es mucho más saludable, al menos para nosotros mismos, ser sinceros y expresar abiertamente cómo nos estamos sintiendo.

4.- Usa el comodín.
Imagina tu paisaje ideal, recuerda tu canción favorita, repite una frase que te motive, revive una vivencia en la que te hayas sentido en calma y con profundo bienestar… cualquier cosa sirve para usar de “comodín” cuando notes que los niveles de ira crecen. Usar el comodín ayuda a  poner distancia y disociarnos de la emoción de rabia.

5.- Encuentra tu punto de fuga.
Lo mejor para gestionar la rabia es no dejar que se acumule. Escribir lo que sentimos en un papel o hacer alguna actividad física nos puede ayudar a descargar y evitar que “el vaso rebose de lleno”.

Conviene recordar lo que decía Séneca:

 La ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena que en cualquier cosa sobre la que se vierte.

 

Frases inspiradoras para empezar el año

brindis

El cambio de año suele ser época de fiestas, regalos y diversión, pero también es un fantástico momento de reflexión en el que tomar consciencia de aspectos importantes de nuestra vida.  El último post de este año lo dedico a compartir con vosotros algunas frases célebres y otras que no lo son tanto, que he ido recopilando a lo largo del año y  que a todos, en algún momento de nuestro día a día,  nos pueden servir de inspiración:

  • Lo importante en la vida es saber justamente qué es lo verdaderamente importante.
  • El secreto del cambio está en no luchar contra lo viejo sino en construir lo nuevo.
  • Vigila lo que piensas: las creencias tienen el poder de crear y el poder de destruir.
  • Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, estás en lo cierto.
  • Nuestras excusas jamás deberían ser mayores que nuestros sueños.
  • El único fracaso verdadero en la vida es no aprender de ella.
  • Incluso el árbol más grande en su día también fue semilla.
  • La satisfacción de las cosas no se encuentra en el resultado que obtenemos de ellas sino en la cantidad de nosotros mismos que ponemos en ellas.
  • Cuanto más claro tengas el “qué” y el “para qué”, más fácil y eficaz se volverá el “cómo”.
  • Siempre queda un poco de perfume en las manos que ofrecen flores.
  • Como nos trate la gente es asunto suyo. Como reaccionemos nosotros a ello es asunto nuestro.
  • Si haces algo noble y nadie se da cuenta, piensa que el amanecer es hermoso y la mayor parte de la gente duerme todavía.
  • Al final somos lo que decidimos ser cada día.
  • Muchas veces, que la realidad sea distinta solamente depende de cambiar nuestro punto de vista.
  • Educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto.
  • Las palabras convencen, pero es el ejemplo el que arrastra.
  • Donde quiera que vayas, no importa el tiempo que haga. Siempre trae contigo tu propio sol.
  • Hay dos maneras de vivir la vida: contar los días sin disfrutar del momento o intentar hacer de cada día un momento especial. Nosotros decidimos.
  • La única manera de encontrarse, es perdiéndose primero. No hay crecimiento posible sin salir de la zona de confort.
  • El reconocimiento más valioso que podemos conseguir en esta vida es el de ser buenas personas.
  • El mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no ha salido primero del corazón.
  • Muchas veces las cosas que nos parecen más urgentes, no necesariamente son las más importantes.
  • Si aprendemos a confiar en nosotros mismos, por muy largo que sea el camino, siempre estaremos en casa.
  • Aquello a lo que le dedicas tu tiempo, es donde inviertes tu vida.
  • La mayor mentira que puedes decirte a ti mismo en dos palabras: NO PUEDO.
  • Una SONRISA SINCERA es la distancia más corta entre dos personas.

Y mi frase preferida…

Sólo existen dos días en el año en que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y otro mañana. Por lo tanto hoy es el día ideal para AMAR, CRECER, HACER y principalmente VIVIR.
– Dalai Lama.

El poder del ejemplo

ejemplo

Se cuenta la historia de una madre que cansada de que su hijo comiera mucho dulce fue a ver a  Mahatma Gandhi y le pidió que le dijera al niño que no comiera azúcar. Gandhi, después de una pausa le pidió a la madre que volviera con el niño pasadas dos semanas.
Dos semanas después, la mujer volvió con el hijo a visitar a Gandhi. Al verlos, Gandhi miró bien profundo en los ojos del muchacho y le dijo: “No comas azúcar”.
La madre, agradecida pero perpleja, le preguntó a Gandhi por qué le había hecho esperar dos semanas para decirle solo eso. Gandhi le contestó:
“Hace dos semanas, yo también estaba comiendo azúcar. “

Es una sencilla y breve historia pero sin duda tiene un profundo y valioso mensaje.

¿Cuántas veces hemos oído a alguien decir: lo que deberías hacer es… o yo si fuera tú le diría, haría…? incluso nosotros mismos, en más de una ocasión nos hemos atrevido a aconsejar a alguien dando nuestra opinión…y es que hablar resulta fácil. Lo complicado, lo difícil, lo que realmente cuesta, es que esas palabras que decimos o que nos dicen, vayan avaladas por la coherencia de los actos.

Las palabras convencen, pero es el ejemplo lo que verdaderamente arrastra.

Y si esto es importante entre adultos, mucho más lo es en el caso de los niños. Por mucho que dialoguemos con ellos, por más que insistamos en decirles buenas palabras, nuestras acciones, nuestra forma de hacer, será para ellos el mejor ejemplo.

Dar ejemplo no es la principal manera de influir, es la única”
(A.Einstein)

Y es que como se suele decir “una imagen vale más que mil palabras”. Nuestra forma de actuar tiene mucha más influencia en nuestros hijos que los propios consejos que podamos verbalizar. Este vídeo es una prueba de ello.

 

Pautas para educar con el ejemplo

Comparto contigo algunas pautas o reflexiones que pueden resultar de utilidad para educar con el ejemplo:

1.-Coherencia
No se trata de ser padres, madres o educadores perfectos, más bien se trata de ser conscientes y coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. De poco importa que le digamos a nuestros hijos que leer es muy importante o que comer verdura es saludable si nosotros no predicamos con el ejemplo.

2.- Estilo de vida
Los adultos son un espejo para los niños desde edades muy tempranas, por eso, educar en el ejemplo más que una forma de educación es un estilo de vida por el que se puede apostar desde que los niños tienen edades muy tempranas.

3.- Invierte tu tiempo
El tiempo de calidad que pasas con tus hijos es la mejor inversión que puedes hacer en ellos. Compartir tiempo con los hijos permite estar presente en un montón de situaciones y experiencias que nos brindan la oportunidad para tratar ciertas cuestiones con ellos. Por ejemplo, ver la tele juntos da pie a comentar valores y ejemplos.

4.- Atención
Cuando apreciemos un comportamiento inapropiado en los niños vale la pena preguntarse qué estamos haciendo nosotros como educadores para que eso sea así y lo que es más importante, qué es lo que podemos hacer para que ese comportamiento cambie.

5.-Identifica tus prioridades
Tener claro qué es importante para nosotros y en qué aspectos deseamos reforzar la educación de nuestros hijos puede ayudarnos a estar más atentos al ejemplo que sobre esas cuestiones les estamos dando.
Éstos son solo algunos ejemplos de temas sobre los que podemos detenernos a pensar en qué ejemplo les estamos dando y qué ejemplo les quisiéramos dar: alimentación saludable, ejercicio, respeto por la naturaleza y el medio ambiente, consumo responsable, sinceridad, solidaridad…y uno que yo considero muy importante, la autoestima y el amor a uno mismo.

Para que los niños sean adultos felices es importante reforzar su autoestima desde pequeños y si tenemos en cuenta todo lo dicho anteriormente sobre el ejemplo, la mejor forma de mejorar la autoestima de nuestros hijos es mejorando la nuestra: si como adultos no nos valoramos a nosotros mismos, difícilmente nuestros hijos aprenderán a hacerlo.

Como decía María Teresa de Calcula:

No te preocupes porque tus hijos no te escuchen, todo el día te están observando.