Inteligencias múltiples

Al igual que físicamente cada persona es única y singular,
cada persona piensa y aprende de manera única y diferente a los demás.

Durante muchos años el coeficiente intelectual (CI o IQ), ha sido el medidor utilizado para saber el nivel de inteligencia de una persona en relación a su grupo de edad. El primer test de inteligencia se hizo en Francia, cuando en 1905, El Ministerio de Educación francés elaboró un instrumento para distinguir los alumnos que necesitaban una educación especial, respecto a los que podían estar escolarizados en aulas ordinarias.

En 1916,  en plena Primera Guerra Mundial, esta misma prueba se aplicó a más de un millón de reclutas norteamericanos, lo que contribuyó a su difusión hasta 1960, cuando los test de coeficiente intelectual (CI o IQ) se hicieron mundialmente famosos.

Ahora, décadas después, sabemos que la inteligencia no es única sino que hay diferentes tipos de inteligencia. Además sabemos que éstas no vienen determinadas de nacimiento sino que pueden desarrollarse a lo largo de la vida.

La inteligencia no es ni única, ni global, ni estática.

Teoría de las Inteligencias Múltiples
Todos en alguna ocasión hemos usado la expresión “yo soy de letras” o “a mí se me dan mejor las ciencias”. Todos conocemos a personas de nuestro entorno con gran habilidad para aprender idiomas y otras que aunque lleven años de estudiándolos, son incapaces de pronunciar correctamente una frase, sin embargo demuestran tener una gran capacidad para orientarse, para la música o para relacionarse con los demás.

Con lo niños pasa algo muy parecido. Desde bien pequeños demuestran tener más facilidad para determinadas cuestiones y más dificultades para otras. El día a día nos brinda la evidencia práctica que más que una inteligencia con varios factores, existen inteligencias múltiples.

Concretamente  en  1983, gracias a los estudios del psicólogo y científico estadounidense Howard Gardner , se habló por primera vez de las inteligencias múltiples. Gardner habla  de 8 tipos de inteligencias:

  1. Inteligencia Lingüístico-verbal. Relacionada con el uso del lenguaje, comprensión de la lectura, expresión escrita.
  2. Inteligencia Lógica-matemática.Es la que nos permite hacer racionamientos lógicos y cálculo matemático.
  3. Inteligencia Espacial.Permite formar un modelo mental en tres dimensiones del mundo. Orientación.
  4. Inteligencia Musical. Capacidad para entender, interpretar y crear música.
  5. Inteligencia Corporal kinestésica. Capacidad de usar el propio cuerpo,psicomotricidad.
  6. Inteligencia Intrapersonal. Es la que nos permite entendernos a nosotros mismos, identificar las necesidades, las virtudes y las debilidades propias.
  7. Inteligencia Interpersonal.Capacidad para relacionarse con los demás, empatizar.
  8. Inteligencia Naturalista.Es la empleada cuando observamos la naturaleza, el entorno y el concepto global más allá de la individualidad de la persona.

 

Todas estas inteligencias están presentes en cada uno de nosotros. Lo que cambia, lo que difiere de unos a otros, es el grado de cada una de ellas, por lo que cada persona es única e irrepetible.

¿Cómo estimular las múltiples inteligencias en los niños?
Como padres, educadores , docentes y, en general, adultos en contacto con niños, tener presente que cada persona tiene su manera de pensar y de aprender  nos permite acompañarles en su desarrollo y crecimiento de una manera más eficiente. Por eso comparto con vosotros algunas indicaciones que os pueden ayudar en este propósito:

1.- Observa: aunque puedes encontrar cuestionarios que te ayuden a identificar qué inteligencias predominan en un niño, la mejor manera de saberlo es prestar atención a sus intereses, a sus gustos, a sus inquietudes.

2.- Respeta: Nuestras preferencias no tienen que ser necesariamente las preferencias de nuestros hijos. Que a nosotros nos guste tocar un instrumento o jugar a un determinado deporte puede ser una oportunidad y una referencia para los niños, pero nunca una imposición. Proyectar nuestros deseos y frustraciones en ellos quizás ayude a que desarrollen ciertas habilidades, pero lo que sí está claro es que no los hará felices.

2.- Implicación: La mejor manera de aprender algo es haciéndolo uno mismo. Por ello estimular la participación y la implicación del niño es fundamental. Acompáñale en el descubrimiento del  sistema que mejor le va para aprender algo nuevo ( leyendo, escribiendo, escuchando, en forma de canción, en esquema/dibujo, solos, en equipo, practicándolo…)

3.- Integración: Fomenta la globalidad, la interrelación de las asignaturas. En la vida diaria se plantean muchas situaciones en las que debemos utilizar más de un tipo de inteligencia a la vez. Todas las inteligencias son importantes, pues todas ellas tienen su función y todas ellas son necesarias. Trabajar en proyectos o aprovechar situaciones reales del día a día, facilita esta integración de aprendizajes.

4.-Adaptación: No se trata de enseñar cosas distintas a cada niño , sino de enseñar lo mismo a todos  pero de diferentes formas, adaptadas a las características de cada niño.

5.- Hábito y constancia: Por mucho potencial que tengamos para la música, si no estudiamos y practicamos regularmente un instrumento difícilmente llegaremos a ser buenos músicos. Por muy bien que se nos den las matemáticas, si no memorizamos las tablas de multiplicar difícilmente multiplicaremos. La constancia y  el empeño, sumado al potencial es lo que verdaderamente permitirá desarrollar plenamente nuestras las capacidades.

6.- Los valores: Además de inteligente también hay que ser buena persona.  Un gran químico puede utilizar sus conocimientos para crear una vacuna que salve vidas o para crear un arma de destrucción masiva. La historia  está llena de ejemplos de personas con gran talento utilizado para fines egoístas. Por ello, contribuir al desarrollo de las inteligencias de nuestros hijos puede estar muy bien, pero de bien poco sirve si este desarrollo no va también acompañado de valores que, además de inteligentes les ayude a ser personas cívicas y solidarias.

 

¿En qué inviertes tu tiempo?: Lo urgente y lo importante (2a parte)

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¿Te identificas con esta viñeta?

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En el post anterior hablaba de los ladrones del tiempo y de las  negativas consecuencias que ellos tienen en nuestro día a día. Se señalaba el uso, o mejor dicho, el mal uso del teléfono, Internet o la televisión, como algunos de los ladrones del tiempo más frecuentes y comunes, que nos alejan de nuestras metas y objetivos, lo que puede derivar en sensación de impotencia, frustración y malestar.

Pero sin duda, una de las cuestiones que más nos afectan a la hora de usar de forma efectiva nuestro tiempo es confundir las tareas urgentes con las tareas realmente importantes. El objetivo de este post es ayudarte a darte cuenta de la diferencia,  pues lo primero que tenemos que tener presente  que:

Las cosas más urgentes no necesariamente son las cosas más importantes”

Hablamos de urgencia cuando el factor “tiempo” es determinante. Cuanto más limitado sea el tiempo disponible para hacer algo, más urgente es.

Hablamos de algo importante  cuanto más nos acerca a nuestros objetivos.

En base a esto, todas nuestras acciones las podemos acabar clasificando en uno de estos cuadrantes de la matriz de Dwight D. Eisenhower y que ha sido popularizada por S.Covey en su libro “los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”.

entrada-28-imagen-3Veamos unos ejemplos de ello:

  • Estás con tu hijo pequeño en el parque y se cae del columpio. Al ayudarle a ponerse en pie, ves que se ha hecho una herida profunda en una ceja. Llevarle al hospital a que le den unos puntos de sutura es URGENTE e IMPORTANTE.
  • Sales con tus amigos a cenar y cuando te propones leer la carta te das cuenta que para ver bien las letras tienes que acercártela un poco más de lo habitual. Tus amigos se dan cuenta y bromean sobre tu edad.  Pedir cita con el oftalmólogo NO ES URGENTE para tener que hacerlo en ese mismo momento, pero SÍ ES IMPORTANTE para evitar tener problemas más serios con la vista.
  • Estas cocinando y justo cuando te dispones a escurrir la verdura suena el teléfono. Atender la llamada ES URGENTE porque si no lo haces la otra persona colgará, pero NO ES IMPORTANTE necesariamente, puede trartarse de telemárqueting, alguien que se ha equivocado…
  • Es domingo por la tarde, está lloviendo y decides quedarte en casa ordenando fotos antiguas que tienes en una caja. Tener las fotos ordenadas puede sernos útil, puede servirnos de entretenimiento pero NO ES URGENTE NI IMPORTANTE.

La mayoría de personas acabamos ocupando nuestro tiempo con tareas urgentes e importantes ( cuadro 1), lo que acaba generando un comportamiento reactivo ante lo que se tiene que hacer en cada momento.
Resulta obvio pensar que las cosas urgentes e importantes deben ser atendidas de forma prioritaria. El problema aparece cuando ocupamos  todo nuestro tiempo con ellas, porque al hacerlo desatendemos otras cosas importantes situadas en el cuadro 2 y que, por no atenderlas, con el tiempo acaban siendo también urgentes, entrando así en un círculo vicioso que no solo nos aleja de nuestros objetivos, sino que además nos produce esa desagradable sensación de no tener nunca tiempo para lo que realmente queremos hacer.

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Otro aspecto a tener en cuenta es que muchas veces situamos en la lista de tareas urgentes e importantes (cuadro 1), tareas que en realidad son urgentes pero no son importantes, al menos no para nosotros (cuadro 3) y acaban dirigiendo nuestro tiempo.
Estar siempre disponible y dispuesto a atender las peticiones de los demás, incluso por delante de nuestras propias necesidades,  puede hacernos sentir queridos, valorados e incluso imprescindibles, pero la realidad es que el no saber decir nunca “no” o “sí, pero en otro momento” es una muestra de falta de autoliderazgo.

Las actividades ni urgentes ni importantes (cuadro 4) pueden parecer las más inofensivas y fáciles de controlar, pero en realidad muchas veces constituyen una distracción que nos aleja de las actividades del cuadro 2. A todos nos ha pasado alguna vez, que teniendo que estudiar para un examen, nos hemos entretenido más de la cuenta ordenando la mesa, haciendo punta a todos los lápices…

Si llegados a este punto te preguntas qué podrías hacer para usar de forma más efectiva tu tiempo, puedes utilizar estas tres herramientas para ayudarte a conseguirlo:

1.- Prioriza: Priorizar tareas es tomar conciencia que no todas tienen el mismo valor. Puede parecer sencillo, pero muchas veces priorizamos sin tener presente los criterios que estamos utilizando para priorizar.
Una buena manera para priorizar bien es tener claro qué objetivo queremos alcanzar y seguidamente preguntarse, cuál de las tareas a realizar es la que más nos acerca a nuestro objetivo.

2.- Delega: ¿Eres de las personas que prefieres hacerlo todo por ti mismo porque es la forma de asegurarte que la tarea se hará pronto y bien?. A muchas personas les cuesta delegar y además son capaces de argumentar  las ventajas de no hacerlo.
En realidad, no obstante, ser reacios a delegar también tiene mucho que ver con la falta de confianza en los demás y con la necesidad de tener el control de todo, lo que no deja de ser un reflejo de la falta de seguridad en uno mismo.
Por ello, ante un cúmulo importante de tareas pendientes, transferir la responsabilidad a otra persona apta y predispuesta, nos permite dedicar nuestras energías a otras actividades también importantes.

“La delegación refuerza la  confianza entre personas y supone una oportunidad de desarrollo tanto para el que delega como para quien asume la delegación”.

3.- Practica el uso del “ahora no”. Para decir SÍ a las prioridades importantes del cuadro 2 , hay que aprender a decir “AHORA NO”, a otras actividades, algunas de ellas en apariencia urgentes. Sin duda no resulta fácil, pero  saber decir “NO” también es necesario.

Recuerda que:
                “Aquello a lo que le dedicas tu tiempo, es donde inviertes tu vida”

¿En qué inviertes tu tiempo?: Ladrones del tiempo (1ª parte)

“Aquello a lo que le dedicas tu tiempo, es donde inviertes tu vida”

Vivimos en sociedades con modernos medios de transporte, avanzadas tecnologías y numerosos electrodomésticos que, en teoría, tendrían que simplificarnos la vida. Sin embargo, afirmaciones del tipo: “me encantaría pero no tengo tiempo”, “no me llegan las horas del día para hacer todo lo que quiero”, “se me pasan los días sin apenas darme cuenta”… son cada vez más frecuentes. ¿No crees que es ilógico?

A poco que pensemos en ello, todos sabemos cosas que no estamos haciendo y que hacerlas de forma regular, supondrían una mejora considerable en nuestras vidas:  más deporte, dieta saludable, dejar de fumar, dedicar más tiempo a nuestras amistades, a nuestra pareja, a nuestra familia, a nosotros mismos… estudiar un idioma, ordenar un armario, archivar adecuadamente documentos…, sin embargo, pese a saberlo  no lo hacemos…¿te has preguntado alguna vez  por qué?

La lista de respuestas posibles puede ser bastante larga, pero en resumen, casi todas las respuestas pueden clasificarse dentro de estas tres categorías:

  • Falta de hábito: empezamos con buena intención pero al poco tiempo dejamos de hacerlo porque no tenemos costumbre y nos olvidamos. (Para saber más sobre la modificación de hábitos puedes acceder a posts anteriores enlazando  aquí.)
  • Falta de voluntad: racionalmente sabemos lo que nos conviene,sí,  pero no nos gusta, nos da pereza el esfuerzo que supone y acabamos abandonando.
  • Falta de tiempo: pese a querer hacerlo, nos resulta muy difícil compatibilizarlo con el resto de actividades en nuestro día a día.

¿Pero realmente es una falta de tiempo?

Se ha hablado mucho sobre cómo mejorar la gestión del tiempo, pero  en realidad no se trata de cómo organizarnos el tiempo para hacer más cosas, sino cómo nos organizamos nosotros para hacer aquello que realmente deseamos o debemos hacer. La diferencia puede parecer sutil, pero en realidad marca un planteamiento radicalmente distinto.

“El desafío no consiste en administrar el tiempo, sino en administrarnos a nosotros mismos” (S. Covey)

En lugar de centrarnos en todas las cosas que tenemos que hacer y en el tiempo que disponemos para ello, se trata de fijarse unos objetivos concretos e identificar que acciones nos van a permitir alcanzarlos.
Así, por ejemplo, si nuestra meta es adelgazar 2kgs, no se trata de intentar añadir “hacer ejercicio” a la lista de cosas ya hacemos durante el día, sino de identificar qué actividades nos ayudan a adelgazar y priorizarlas ante  otras que no nos aportan nada a nuestros objetivos.

¿Crees que es sencillo de decir pero no sabes cómo hacerlo? Mi intención es ponértelo un poco más fácil, por eso este post lo dedico a “los ladrones del tiempo”. ¿Has oído habla de ellos alguna vez?

Todos tenemos claro que se trata de un robo si nos quitan el bolso, el coche o la cartera, pero ¿lo tenemos igual de claro cuando nos quitan el tiempo? .

Durante el día se producen muchas situaciones  que nos van restando  tiempo disponible:  retenciones de tránsito,  llamadas en espera, guardar  turno en el súper… sin embargo el principal ladrón de nuestro tiempo solemos ser nosotros mismos, al boicotearnos con acciones que no nos aportan mucho, pero que al final del día hacen que sintamos que no hemos parado ni un momento y sin embargo no hemos hecho lo que inicialmente pretendíamos. ¿has tenido esa sensación alguna vez?

Justamente ese es el  principal peligro: poco a poco, día tras día, nos vamos  alejando  de nuestros objetivos , de aquello que  queremos conseguir y, en definitiva, de lo que nos motiva cada mañana.

“Los ladrones del tiempo nos hacen ineficaces, desordenados y lo que es peor, aumentan nuestro malestar emocional y el nivel de estrés”

 Cada uno de nosotros tenemos nuestros propios ladrones del tiempo. Estos son solo algunos de los más comunes:

  • Teléfono móvil: ¿Te has parado a pensar alguna vez cuanto tiempo dedicas al día a consultar el móvil?.
    Su uso nos puede simplificar mucho la vida, pero también nos la puede complicar, si lo usamos de forma compulsiva. Mantener largas conversaciones y  contestar al momento los whatsapps y los mails que vamos recibiendo puede llegar a ser muy limitador.
  • Televisión: ¿Eres de los que dicen,” a ver que ponen hoy en la tele”?
    Para muchas personas ver la televisión es sinónimo de sofá y distracción. Aunque es cierto que viendo la tele nuestro cuerpo descansa, mentalmente descansamos más bien poco, eso sin entrar a valorar la calidad de gran parte de la programación.  Ver televisión sin usar un criterio puede robarnos mucho tiempo.
    Internet: Es asombrosa la cantidad de información que tenemos a un “click” de distancia. Hay tantas redes sociales en las que participar, tantas webs que visitar, tantos vídeos que ver, y aplicaciones para descargar… que es facilísimo conectarse para unos minutos y acabar navegando durante horas.
  • Multitareas: ¿Eres de los que llevas a cabo varias cosas a la vez?
    Lo más probable es que te dejes cosas por hacer o, si las haces todas, te lleve más rato. Interrumpir una actividad para intercalar otra y, en definitiva estar atendiendo a dos o más cosas a la vez, producen más cansancio mental, nos vuelve más lentos, aumenta las posibilidades de error y aumenta nuestra sensación de estrés, lo que acaba repercutiendo en nuestro estado de ánimo.

El ejercicio que ahora te propongo es que intentes identificar cuales son tus ladrones del tiempo. Para conseguirlo te puede ser útil tomar nota de las actividades que realizas durante unos días y del tiempo que inviertes en cada una de ellas.

Espero que esta primera parte del post te resulte de utilidad y que te ayude a optimizar tu tiempo.

En la segunda parte compartiré algunas ideas que te podrán ayudar a priorizar y a distinguir entre “importante” y “urgente”. Mientras tanto recuerda que…

    “En la Vida, no podemos tener más tiempo del que tenemos,
pero sí podemos aprovecharlo mejor”

¿Eres resiliente? 10 sugerencias para conseguirlo

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Mira esta imagen durante unos instantes. ¿Qué ves?

¿Un punto negro?, ¿un agujero?, ¿quizás un lunar?, son muchas las personas que ante esta imagen es eso  lo que ven, y aunque la respuesta es cierta, es incompleta: además del punto negro, del agujero o del lunar, también hay una amplia superficie blanca que lo rodea. El matiz puede parecer poco trascendente, pero en realidad sí lo es, porque marca claramente la visión que tenemos ante un problema, incluso ante la vida misma.

En  ocasiones la vida nos plantea situaciones difíciles que captan toda nuestra atención:  una enfermedad, un desengaño amoroso, la pérdida de un ser querido, un sueño no cumplido, la pérdida del trabajo, una oportunidad desaprovechada…montones de puntos negros, agujeros o lunares que nos pueden llevar al límite y hacernos cuestionar si realmente tenemos la fuerza necesaria para continuar. En esos momentos, más que en ningún otro, ser capaces también de ver la superficie blanca marca la diferencia.

“Ante una situación difícil tú decides: ser parte del problema o ser parte de la solución”

Poder ver las cosas positivas, incluso en la adversidad, es la clave entre dejarnos vencer y sentirnos fracasados o sobreponernos y salir fortalecidos. Se dice que una persona es resiliente cuando opta por la segunda opción.

¿Qué es la resiliencia?
Existen muchas definiciones, a mí la que más me gusta es la que  la describe como la capacidad de adaptarse a las circunstancias afrontando las dificultades y lo que es más importante, salir reforzado de ellas.

No se trata de negar el dolor, ignorar las emociones, ni de  volverse una persona dura e insensible. Ser resiliente tampoco consiste en instalarse en un mundo de rosas, llevando el optimismo hasta el extremo de no tener consciencia de la realidad.

La resiliencia es pues, la conciencia del malestar emocional que nos genera una situación que nos daña y sacar la fuerza necesaria para seguir adelante, sin perder el timón de nuestra propia vida.

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¿Cómo ser más resiliente?
Al igual que sucede con muchas competencias emocionales, la resiliencia no es un don con el que se nace. Todos podemos desarrollar nuestra propia resiliencia.

“La persona resiliente no nace, se hace”.

Aquí tienes 10 sugerencias que te pueden ayudar a conseguirlo:

1.- No pongas todos tus huevos en la misma cesta: focalizar todas nuestras ilusiones y energía en un solo aspecto de la vida (el trabajo, la  pareja, un proyecto…), nos hace más vulnerables, si por el motivo que sea éste falla.

2.- Selecciona tu compañía: tener una amplia red social es muy buen apoyo, especialmente en los momentos difíciles, pero no cualquier compañía resulta beneficiosa. Las personas pesimistas y que viven en la queja constante pueden convertirse en vampiros emocionales.

3.- Desarrolla tu autoconocimiento: conocer tus fortalezas y tus habilidades, tus limitaciones y tus defectos, te permitirán afrontar las dificultades con más objetividad y te permitirá buscar las alternativas con más probabilidad de éxito.

4.- Busca siempre el lado positivo de las cosas:  si eres capaz de ver más allá de lo que te duele o te desmotiva, incluso de las situaciones de crisis puedes extraer algo positivo, y si no lo encuentras, en el peor de los casos, al menos la experiencia te servirá  para el futuro: ¿qué estoy aprendiendo de esto que estoy viviendo?.
Cuando el dolor viene por la pérdida de un ser querido, agradecer el tiempo compartido puede ser una ayuda y  a la vez nos puede servir para aprovechar mejor las relaciones presentes.

5.- Vive en el aquí y el ahora: vivir pensando en el pasado puede ser, según el caso, una fuente de nostalgia, victimismo o culpabilidad. Situarse en el futuro nos provoca incertidumbre y expectativas. Vivir en el presente, disfrutando de los pequeños detalles te hará tomar conciencia de todo lo bueno que nos rodea pese a no darnos cuenta.

6.- Agradece: antes de irte a dormir da gracias por todo lo bueno que te ha sucedido durante el día. A poco que te pares a pensar te darás cuenta de la cantidad de cosas positivas que están ahí, en tu vida.

7.-Desarrolla tu creatividad: difícilmente obtendrás resultados distintos si siempre actúas del mismo modo. Si quieres cambiar una situación lo mejor es pensar que variedad de cosas puedes hacer para conseguirlo.

8.- No pretendas controlarlo todo: está bien tomar las riendas de nuestra vida, pero por más que lo queramos, no todo puede estar bajo nuestro control. Aceptar cierto grado de incertidumbre nos da flexibilidad y reduce la ansiedad y el estrés. Por ello, pon más empeño en el objetivo a alcanzar que en controlar todos los pasos que debes dar par alcanzarlo.

9.- Pide ayuda: si pasas por un momento delicado y crees que lo necesitas, pide ayuda en tu entorno  y/o acude a un buen profesional. La mayor debilidad que tenemos es no reconocer que en determinados momentos podemos serlo.

10.- No dejes nunca de sonreír: en determinadas adversidades, tener sentido del humor puede ser la palanca que nos ayude a dar la vuelta a la situación y  a seguir adelante.

¿ Cómo desarrollar la resiliencia en los más pequeños?

Martin Seligman, uno de los impulsores más importantes de la psicología positiva señaló en una de sus intervenciones que pese a la mejora en el nivel de vida  experimentada en la sociedad americana en las últimas décadas, existe un elevado porcentaje de jóvenes que sufren depresión.

Como padres nos preocupamos por el bienestar de nuestros hijos: buenos alimentos, buena educación, cuidado de la salud, ocio…sin embargo no siempre los preparamos para afrontar la frustración. Desarrollar la resiliencia desde bien pequeño contribuye a tener adultos menos insatisfechos, con más potencial de aprendizaje, más saludables y con mejor autoestima. Para  desarrollar su resiliencia ten presente  estas reflexiones en tu día a día:

1.- No siempre podremos evitar que se caigan, pero sí podemos enseñarles a que se levanten. Una cosa es proteger y otra bien distinta sobreproteger. Confía en ellos.

2.- Ponle nombre a sus emociones. La tristeza, la rabia, el miedo…son emociones que no siempre son fáciles de identificar. Dialogar con ellos, ayudarles a poner nombre a lo que sienten mejorará su autoconocimiento.

3.- ¿Qué puedes aprender de esto?. Muchas veces cuando nuestros hijos nos explican un problema o una mala experiencia, nuestra tendencia es darles una solución e forma rápida. Preguntarles qué es lo que ellos piensan y qué pueden aprender de ello para otra vez, resulta mucho más efectivo.

4.- Tú eres su espejo. Lo que haces dice mucho de ti. Tu forma de afrontar las adversidades será el modelo de referencia de tus hijos.

“No sobreviven las especies más fuertes, sino aquellas que son capaces
de
adaptarse mejor a los cambios”.
(Charles Darwin).

¿Eres de los que dejas para mañana lo que puedes hacer hoy? Deja de procastinar.

procrastinar

“Trabajo hecho, no corre prisa.”
“A quién madruga Dios le ayuda”
“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”

Todos conocemos frases y refranes sobre la importancia de optimizar el uso del tiempo. A pesar de ello  todos, en algún  momento  u otro, nos hemos dedicado a tareas diferentes de las que inicialmente nos habíamos propuesto. En otras palabras, en algunas ocasiones procastinamos.

¿Cuántas noches antes de acostarte te has propuesto que al día siguiente madrugarías para ir al gimnasio y cuando suena el despertador, lo has apagado y has seguido durmiendo con la falsa promesa de “sólo 5 minutitos más”?.

¿Cuántas veces has empezado a ordenar el escritorio, limpiar la habitación o cualquier otra cosa, con tal de no ponerte a estudiar para un examen?

¿Quién no se ha conectado  alguna vez a Internet para buscar una información puntual y concreta y ha acabado navegando por páginas que no tenían nada que ver con lo que estabas buscando?.

¿Y que me dices de ese informe que lleva días en tu mesa esperando a que hagas una determinada gestión que no acabas de hacer porque “casualmente” acabas haciendo antes otras muchas cosas?

La procastinación, (dejar de hacer aquello que crees que tienes que hacer, por hacer otras cosas distintas) si se hace de forma puntual y aislada no supone mayor problema. La dificultad deriva de hacer de la procastinación un hábito, porque es obvio que si de forma frecuente  no nos dedicamos a hacer aquello que necesitamos o que nos conviene hacer, tarde o temprano  estaremos en aprietos o, por lo menos, bastante lejos de nuestros objetivos y en ambos casos el resultado es el mismo: nos sentimos mal.

Sin embargo, ese malestar no nos sirve de mucho y al cabo de unos cuantos días es muy probable que si eres una persona con tendencia a la procastinación, te acabe sucediendo lo mismo, una vez más.procrastinar2

El post de esta semana va destinado a compartir contigo  algunos trucos para combatir la procastinación. En realidad hay bastantes técnicas que pueden ayudarte a ser constante y firme en tus intenciones, para no acabar haciendo aquello en el realidad no deseas. Se trata pues, que elijas aquellas que más se adapten a ti.

No obstante, independientemente de por cual decidas empezar, siempre hay un primer paso que tienes hacer hacer sí o sí para vencer la inercia a la procastinación. Es algo tan sencillo y a la vez tan complicado como ser sincero con uno mismo al responder a la pregunta: ¿Por qué no lo estoy haciendo?

Muchas veces  postergamos hacer algo, sencillamente porque estamos huyendo de eso, de lo que significa o de lo que nos supone.  En otras ocasiones, la emoción que se oculta tras la procastinación es el miedo: miedo a fallar, a no hacerlo bien, a no cumplir expectativas propias o de terceros…

Muchas veces, la procastinación encuentra su origen en el sencillo hecho que se trata de temas que, en realidad, nos han sido impuestos y que hemos acabado asumiendo como temas nuestros a hacer por no saber decir un “no” a tiempo.

Sea cual sea tu caso,  el saber qué emoción motiva tu comportamiento, te ayudará a entenderte y a encontrar más fácilmente una solución.

Aun así, hay muchas otras herramientas que pueden ayudarte. Algunas de ellas son:

1.-Utiliza la Regla de los Dos Minutos. Esta regla viene a decir algo así como que si estás planificando una acción que se puede hacer en menos de dos minutos, no la planifiques; simplemente hazla.

2.-Escribe en una lista las tareas que deseas hacer y comprométete a hacerlas dentro de un plazo. Anota también todas aquellas cosas que acabas haciendo  y que no habías previsto. Luego dedícale atención  a identificar qué cosas te están “robando” el tiempo ( mirar el móvil, responder whatsApps, consultar los correos,  picar algo de comer entre horas…)

3.-Fragmenta las tareas duras o difíciles. Un buen truco consiste en dividir en minitareas una tarea más compleja y plantearte hacer de una en una.  Muchas veces cuando nos planteamos hacer solo una parte, al final acabamos haciendo todas las demás, porque lo que sucede es que cuando llegas a conectar con la tarea que estás haciendo, el freno mental desaparece y coges inercia para finalizarla.

4.-Consolida rutinas. Aunque las rutinas no son siempre deseables, lo cierto es que interioritzar  hábitos y  rutinas nos puede ayudar a incorporar  determinados comportamientos en nuestro día a día.

5.-Toma decisiones. Muchas veces las tareas quedan pendientes simplemente porque no te apetece tomar una decisión.

6.- Pon en práctica decir “no”. Muchas de las tareas que acabamos posponiendo se deben a que en realidad  son compromisos que hemos asumido por no saber negarnos a tiempo.

7.- Busca tu mejor momento. Hay gente que prefiere madrugar y empezar el día haciendo cosas, otras personas tienen más energía y vitalidad por la tarde o por la noche. Conócete a ti mismo y aprovéchate de ello.

8.-Recompénsate. La idea de celebrar los logros es algo recurrente en este blog. Cuando termines esa tarea que se resiste, premiate con algo que realmente te compense. No es necesario que siempre sea algo material, puedes  optar por un baño relajante, un paseo por el parque, un ratito para escuchar música o cualquier otra actividad que te produzca bienestar.

Y recuerda:

“Aplazar una cosa fácil, hace que sea difícil. Aplazar una cosa difícil hace que sea imposible”. (Goerge Claude Lorimer).

Si te apetece profundizar un poco más, te recomiendo que escuches  a Tim Urban en esta divertida charla TED. (para acceder al vídeo pulsa aquí )

 

¿Sabes cómo te comunicas?

imagen comunicacion

¿Alguna vez has tenido la sensación que algunas personas no te entienden y con otras, sin embargo, la comunicación fluye de una manera natural?.

Ya sea de manera consciente o inconsciente, en cualquier contacto con otra persona, constantemente estamos enviando y recibiendo información, incluso cuando no deseamos hacerlo, lanzamos información que puede ser percibida por los otros: cuando hablamos, cuando estamos en silencio, nuestros gestos, nuestros movimientos, el tono de nuestra voz…dicen mucho de lo que sentimos y de lo que estamos pensando.

“Es imposible no comunicarse, nos comunicamos aunque no queramos”

No obstante, ello no quiere decir que siempre comunicamos lo que deseamos, ni que los demás reciban exactamente lo que nosotros queremos comunicar: entre lo que yo quiero decir y lo que digo, lo que tú percibes, lo que comprendes, lo que retienes y lo que contestas, se produce un complejo proceso en el que intervienen muchos factores que desvirtúan el mensaje inicial.

Uno de estos factores tiene que ver con nuestros propios sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Todas las personas utilizamos estos sentidos para comunicarnos y para percibir el entorno que nos rodea, no obstante no todos los usamos del mismo modo. Según la PNL (Programación Neurolingüística), las personas tendemos a tener un sentido predominante:

Si nuestro sentido predominante es la vista somos más visuales. Si es el oído el sentido principal, hablamos de una preferencia auditiva y  si los sentidos dominantes son el olfato,gusto o  tacto hablamos de un predominio de la cinestesia.

Así, por ejemplo, tras una cena en un restaurante, la persona más visual recordará fácilmente la decoración, la iluminación, la presentación de los platos, una persona más auditiva recordará mejor el sonido ambiente, si había o no música de fondo, algún comentario del camarero… y una persona más cinestésica recordará los olores y el gusto de la comida, si la silla era cómoda, si la temperatura era la adecuada…

Desarrollar nuestras  habilidades comunicativas ha sido y sigue siendo objeto de estudio e interés para muchas disciplinas como la educación, el márketing o la política, pero sobre todo, tiene especial interés en todo lo relacionado con el crecimiento personal, pues a través de una buena comunicación podemos incidir positivamente en todas las relaciones de nuestra vida, ya sean familiares, sentimentales, profesionales…

Utilizar esta sencilla herramienta con nosotros mismos nos permite conocernos mejor y optimizar nuestras potencialidades. Utilizarla con las personas con las que nos relacionamos, también nos facilitará mucho la comunicación, pues podremos adaptar nuestro mensaje a su sentido predominante, para que nos entiendan mejor.

Un ejemplo de la utilidad hacia nosotros mismos es a la hora de estudiar: si sabemos que somos más visuales, estudiaremos mejor escribiendo un resumen, haciendo un esquema o dibujando una infografía. Si somos más auditivos lo mejor es leer en voz alta, que alguien nos lo explique o escuchando una grabación. Si somos predominantemente cinestésicos lo mejor es experimentar, llevar a la práctica aquello que aprendemos.

Un ejemplo de utilidad hacia los otros es, por ejemplo cuando presentamos una idea a nuestro jefe. Si nuestro jefe prefiere lo  visual, lo mejor es prepararle una presentación de la idea (power point, dossier con gráficos, imágenes…), si se inclina hacia lo auditivo, lo más práctico es que se la podamos explicar directamente nosotros mismos y si es más cinestésico, tendremos que asegurarnos en elegir un momento y un lugar en el que se sienta cómodo, y tranquilo .

Pon en práctica…

Si te ha parecido útil el contenido de este post y te apetece ponerlo en práctica, aquí tienes algunas ayudas para que puedas hacerlo. Lo primero a tener en cuenta, es que no existen los tipos puros, esto es, no hay una persona puramente visual, puramente auditiva y puramente cinestésica, todos utilizamos todos los sentidos y esto variará según las circunstancias, aunque como ya se ha dicho anteriormente, hay una tendencia a que predomine uno de los tres tipos en cada uno de nosotros.

¿Cómo reconocer a un visual?

visualSuelen ser personas observadoras, captan el detalle y muchos de los pequeños aspectos que a otras personas se les pasan por alto. Cuando hablas con ellas, buscan el contacto visual. Suelen ser ordenadas y organizadas. Utilizan frases del tipo: tal y como yo lo veo,  desde mi punto de vista,  no lo veo claro, ¿cómo lo enfocamos?, veamos eso …

¿Cómo reconocer a un auditivo?

auditivo

Suelen ser buenos conversadores, les gusta escuchar  y cuando lo hacen inclinan la cabeza para un lado. No necesitan el contacto visual para estar atentos a una conversación. Son más sensibles a los ruidos y les gusta tener sonido de fondo mientras hacen otras cosas, ya sea música, la tv, la radio..Suelen usar frases del tipo: eso suena bien, hablemos de ello, dime…

¿Cómo reconocer a un cinestésico?

cinestesico

Son personas a las que la proximidad física no les incomoda, incluso algunas pueden tener tendencia a tocar a los demás mientras hablan. Gesticulan y suelen ser muy expresivas y espontáneas con poca tendencia a planificar. Les gusta experimentar por ellos mismos las cosas y ponerlas  en práctica. Utilizan frases del tipo: me da malas vibraciones, no me ha sentado bien, me da repelús,  tengo la impresión…

Recuerda que prestar atención al modo en cómo nos comunicamos es importante, pues

” Los enemigos más encarnizados de nuestras ideas son aquellos que no las entienden”.
(Albert Einstein)

 

Hábitos y rutinas (2ª parte)

En el post anterior se explicaba qué son las rutinas  y los hábitos y  qué pueden aportar de positivo y de negativo a nuestras vidas. El post de esta semana se centra en enseñar cómo podemos crearlos o modificarlos.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que no existen  fórmulas mágicas, ni recetas milagrosas. Cualquier modificación de un hábito implica sí o sí, esfuerzo y constancia.

En muchos lugares se dice que en 21 días ya puedes crear un hábito. En la práctica, crear un hábito puede llevar algo más de tiempo. Según un estudio de la University College London publicado en 2009, la creación de un hábito oscila ente 18 y 254 días, según la persona, siendo el promedio más habitual 66 días.

El segundo elemento que hay que tener presente es que crear o modificar un hábito requiere compromiso y motivación. De nada sirve, por ejemplo, que el médico nos diga que tenemos que perder peso o dejar de fumar, si interiormente no tenemos el convencimiento de que eso tiene que ser así. Si no estamos suficientemente motivados mejor no empezar, pues difícilmente alcanzaremos nuestro objetivo y ello nos provocará mayor frustración y malestar.

El tercer elemento a considerar es que si somos muy ambiciosos y nos proponemos muchos cambios a la vez, lo más probable es que nuestra energía se disperse demasiado y no acabemos alcanzando ninguno de ellos. En este sentido, resulta mucho más efectivo proponerse objetivos realistas y priorizarlos, focalizando nuestro esfuerzo en una sola cosa a la vez. En este caso, la frase ”divide y venderás” da resultado.

Pasos para cambiar o crear un hábito.

1.- Saber qué quieres conseguir: ponle nombre, descríbelo,  exprésalo en palabras. Cuanto más definido lo tengas, más fácil te resultará el resto. Yo, por ejemplo quiero incorporar en mi vida el hábito de beber más agua, pero dicho de esta manera, no me resulta útil por eso debo concretarlo más: quiero beber dos litros de agua al día (lo que equivale a 8 vasos).

2.-Definir una estrategia: o lo que es lo mismo, concretar aquello que haremos para alcanzar nuestro objetivo. Siguiendo con el ejemplo anterior, yo para crearme el hábito de beber más, he empezado a llevar un botellín de agua en el bolso, justo antes de cada comida me lleno un vaso de agua y durante el día me pongo una alarma en el móvil para recordarme que cada 3h he de beber agua. En el caso de querer modificar un hábito ya adquirido, también es importante identificar que situaciones nos pueden llevar a recaer en ese hábito. Por ejemplo, si tenemos la costumbre de fumar un cigarro haciendo la sobremesa después de comer, lo mejor es que después del postre nos levantemos de la mesa y nos desplacemos a otro lugar. También podemos aprovechar para hacer un anclaje con otro hábito, como por ejemplo, substituir el cigarro por una infusión. En este punto puede ser de gran ayuda contar con apoyos en nuestro entorno, personas de nuestra confianza que nos animen, nos reconozcan el esfuerzo y con los que podamos hablar de nuestros avances.

3.-Monitorizar los resultados: Resulta muy útil trabajar un hábito indicando en un calendario nuestros avances, basta con que al finalizar el día marquemos de algún modo si hemos conseguido o no nuestro objetivo. Utilizar un círculo o una cruz puede ser suficiente, pero si lo prefieres también puedes usar colores. En el caso de trabajar con niños suele ser más motivador utilizar pegatinas y dejar que sean ellos quienes las enganchen. Los días que no hayamos podido realizar nuestro propósito vale la pena dedicar unos minutos a reflexionar sobre el motivo y pensar qué haremos para evitar que suceda nuevamente.

4.- Celebrar los logros. Después del esfuerzo bien nos merecemos una recompensa!. Adquirir el propio hábito ya es un gran premio, pero es mejor reforzarlo y no necesariamente tiene que ser con algo material, podemos regalarnos, por ejemplo, un baño relajante con espuma, una frase de autoestima ante el espejo…en el caso de los niños el sincero reconocimiento positivo de los padres ya es una gran recompensa.

Y por último, ten siempre presente la frase de Confucio:

“no importa lo lento que vayas mientras no te detengas”