Las ranitas en la nata

entrada 27_rana

Atravesando el ecuador del mes de agosto, somos muchas las personas que dedicamos estos días para disfrutar de vacaciones. Unos días en los que disponemos de más tiempo libre para hacer aquellas cosas que más nos gustan: viajar, ir a la playa, a la montaña o sencillamente descansar disfrutando de nuestro hogar. Sea cual sea la opción que tú eliges, seguro que también encuentras un momento para leer y para reflexionar sobre tus objetivos, sobre tus sueños, o sobre cualquier otro aspecto la vida en general.

Si es así, seguro que este post te va a gustar. En él recupero un cuento de Jorge Bucay que leí hace años. La historia es bien simple, pero seguro que te dará mucho que pensar, pues como se suele decir:  “ Los cuentos sirven para dormir a los niños y también para despertar a los adultos”.

Había una vez dos ranas que cayeron en  un recipiente de nata.
Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.

Una de ellas dijo en voz alta: – “No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril”.

Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.

La otra rana, más persistente o quizás más tozuda se dijo: – “¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mí último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora”.

Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas. Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.

Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.

Las ranitas en la nata
en el libro, Déjame que te cuente, de Jorge Bucay

¿Quién no se ha sentido alguna vez abatido, vencido por las adversidades y sin fuerzas para continuar? Todos nosotros, en algún momento u otro de nuestra vida hemos sido ranas dentro de un recipiente de nata.

Tirar la toalla, sucumbir ante las circunstancias, es tanto como darse por vencido y hundirse. En ocasiones, esta actitud derrotista la asumimos incluso antes de intentarlo.  Es demasiado difícil, no lo voy a conseguir, no soy capaz, no puedo hacerlo....son sólo algunos ejemplos de las muchas excusas que utilizamos y que tienen un denominador común: el miedo.

Sentir miedo no es malo. Gracias al miedo evitamos correr peligros y nos protegemos de sufrir daños. Sin la emoción del miedo, seríamos temerarios, imprudentes y en más de una ocasión podríamos en peligro nuestra propia vida. Sin embargo, si ese mismo miedo es desproporcionado y nos paraliza o simplemente es infundado, más basado en el desconocimiento y la propia inseguridad que en hechos objetivos, entonces no sólo deja de ser útil, sino que además se vuelve dañino.

“No es malo tener miedo, lo malo es dejar que domine nuestra vida”

Experiencias negativas anteriores también pueden ser la causa de un comportamiento pasivo y poco motivado para superar la situación. “Ya lo intenté otras veces y no sirvió de nada”.
Esta actitud derrotista es lo que se denomina “indefensión aprendida”: como anteriormente nos ha ido mal y hemos sufrido el fracaso, nos defendemos del dolor, evitando un nuevo fracaso y por ello renunciamos a luchar, abandonándonos a la indefensión.

El problema de esta actitud es que nos arrastra a una apatía y una desilusión que, de perdurar en el tiempo, puede conducirnos a una insatisfacción vital, a la tristeza, incluso a una depresión.

Quizás sea cierto y aunque lo intentemos nuevamente no lo consigamos, pero si no lo intentamos nunca sabremos hasta dónde somos capaces de llegar, ¿no crees?.
La única certeza es que si dejamos de esforzarnos, de intentarlo, y , en definitiva, de chapotear como la ranita, es seguro que no conseguiremos salir victoriosos.

“El peor de los fracasos está en no haberlo intentado”

Herramientas para superar los miedos:

1.- Descríbelo: expresa en palabras lo que sientes e intenta concretar al máximo tu temor: miedo al ridículo, miedo al rechazo, desconfianza en las propias capacidades….

2.- Identifica su origen:  malas experiencias anteriores, algún comentario de alguien…

3.-Utiliza la razón: intenta rebatir todos tus miedos con argumentos objetivos y lógicos, una buena forma de hacerlo es respondiendo a la pregunta ¿qué es lo peor que me puede pasar si sale mal?, ¿qué es lo mejor que me puede pasar si me sale bien?

4.- Recurre a tus recuerdos: intenta recordar una ocasión de éxito en tu vida, una vez en la que intentaste algo y lo lograste (conseguir un trabajo, superar un examen, hacer una actividad física…) y recuerda la emoción de satisfacción que sentiste y el bienestar y la autoconfianza de ese momento por haber conseguido tu propósito. Recurre a ese recuerdo cada vez que te sientas vulnerable.

Así que en los momentos difíciles, en esos  en los que estés a punto de tirar la toalla, acuérdate de la historia de las ranitas y continua chapoteando con fuerza,quién sabe si en esta ocasión eres capaz de convertir la nata en mantequilla.

Anuncios