¿Sabes cómo te comunicas?

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¿Alguna vez has tenido la sensación que algunas personas no te entienden y con otras, sin embargo, la comunicación fluye de una manera natural?.

Ya sea de manera consciente o inconsciente, en cualquier contacto con otra persona, constantemente estamos enviando y recibiendo información, incluso cuando no deseamos hacerlo, lanzamos información que puede ser percibida por los otros: cuando hablamos, cuando estamos en silencio, nuestros gestos, nuestros movimientos, el tono de nuestra voz…dicen mucho de lo que sentimos y de lo que estamos pensando.

“Es imposible no comunicarse, nos comunicamos aunque no queramos”

No obstante, ello no quiere decir que siempre comunicamos lo que deseamos, ni que los demás reciban exactamente lo que nosotros queremos comunicar: entre lo que yo quiero decir y lo que digo, lo que tú percibes, lo que comprendes, lo que retienes y lo que contestas, se produce un complejo proceso en el que intervienen muchos factores que desvirtúan el mensaje inicial.

Uno de estos factores tiene que ver con nuestros propios sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Todas las personas utilizamos estos sentidos para comunicarnos y para percibir el entorno que nos rodea, no obstante no todos los usamos del mismo modo. Según la PNL (Programación Neurolingüística), las personas tendemos a tener un sentido predominante:

Si nuestro sentido predominante es la vista somos más visuales. Si es el oído el sentido principal, hablamos de una preferencia auditiva y  si los sentidos dominantes son el olfato,gusto o  tacto hablamos de un predominio de la cinestesia.

Así, por ejemplo, tras una cena en un restaurante, la persona más visual recordará fácilmente la decoración, la iluminación, la presentación de los platos, una persona más auditiva recordará mejor el sonido ambiente, si había o no música de fondo, algún comentario del camarero… y una persona más cinestésica recordará los olores y el gusto de la comida, si la silla era cómoda, si la temperatura era la adecuada…

Desarrollar nuestras  habilidades comunicativas ha sido y sigue siendo objeto de estudio e interés para muchas disciplinas como la educación, el márketing o la política, pero sobre todo, tiene especial interés en todo lo relacionado con el crecimiento personal, pues a través de una buena comunicación podemos incidir positivamente en todas las relaciones de nuestra vida, ya sean familiares, sentimentales, profesionales…

Utilizar esta sencilla herramienta con nosotros mismos nos permite conocernos mejor y optimizar nuestras potencialidades. Utilizarla con las personas con las que nos relacionamos, también nos facilitará mucho la comunicación, pues podremos adaptar nuestro mensaje a su sentido predominante, para que nos entiendan mejor.

Un ejemplo de la utilidad hacia nosotros mismos es a la hora de estudiar: si sabemos que somos más visuales, estudiaremos mejor escribiendo un resumen, haciendo un esquema o dibujando una infografía. Si somos más auditivos lo mejor es leer en voz alta, que alguien nos lo explique o escuchando una grabación. Si somos predominantemente cinestésicos lo mejor es experimentar, llevar a la práctica aquello que aprendemos.

Un ejemplo de utilidad hacia los otros es, por ejemplo cuando presentamos una idea a nuestro jefe. Si nuestro jefe prefiere lo  visual, lo mejor es prepararle una presentación de la idea (power point, dossier con gráficos, imágenes…), si se inclina hacia lo auditivo, lo más práctico es que se la podamos explicar directamente nosotros mismos y si es más cinestésico, tendremos que asegurarnos en elegir un momento y un lugar en el que se sienta cómodo, y tranquilo .

Pon en práctica…

Si te ha parecido útil el contenido de este post y te apetece ponerlo en práctica, aquí tienes algunas ayudas para que puedas hacerlo. Lo primero a tener en cuenta, es que no existen los tipos puros, esto es, no hay una persona puramente visual, puramente auditiva y puramente cinestésica, todos utilizamos todos los sentidos y esto variará según las circunstancias, aunque como ya se ha dicho anteriormente, hay una tendencia a que predomine uno de los tres tipos en cada uno de nosotros.

¿Cómo reconocer a un visual?

visualSuelen ser personas observadoras, captan el detalle y muchos de los pequeños aspectos que a otras personas se les pasan por alto. Cuando hablas con ellas, buscan el contacto visual. Suelen ser ordenadas y organizadas. Utilizan frases del tipo: tal y como yo lo veo,  desde mi punto de vista,  no lo veo claro, ¿cómo lo enfocamos?, veamos eso …

¿Cómo reconocer a un auditivo?

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Suelen ser buenos conversadores, les gusta escuchar  y cuando lo hacen inclinan la cabeza para un lado. No necesitan el contacto visual para estar atentos a una conversación. Son más sensibles a los ruidos y les gusta tener sonido de fondo mientras hacen otras cosas, ya sea música, la tv, la radio..Suelen usar frases del tipo: eso suena bien, hablemos de ello, dime…

¿Cómo reconocer a un cinestésico?

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Son personas a las que la proximidad física no les incomoda, incluso algunas pueden tener tendencia a tocar a los demás mientras hablan. Gesticulan y suelen ser muy expresivas y espontáneas con poca tendencia a planificar. Les gusta experimentar por ellos mismos las cosas y ponerlas  en práctica. Utilizan frases del tipo: me da malas vibraciones, no me ha sentado bien, me da repelús,  tengo la impresión…

Recuerda que prestar atención al modo en cómo nos comunicamos es importante, pues

” Los enemigos más encarnizados de nuestras ideas son aquellos que no las entienden”.
(Albert Einstein)

 

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Hábitos y rutinas (2ª parte)

En el post anterior se explicaba qué son las rutinas  y los hábitos y  qué pueden aportar de positivo y de negativo a nuestras vidas. El post de esta semana se centra en enseñar cómo podemos crearlos o modificarlos.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que no existen  fórmulas mágicas, ni recetas milagrosas. Cualquier modificación de un hábito implica sí o sí, esfuerzo y constancia.

En muchos lugares se dice que en 21 días ya puedes crear un hábito. En la práctica, crear un hábito puede llevar algo más de tiempo. Según un estudio de la University College London publicado en 2009, la creación de un hábito oscila ente 18 y 254 días, según la persona, siendo el promedio más habitual 66 días.

El segundo elemento que hay que tener presente es que crear o modificar un hábito requiere compromiso y motivación. De nada sirve, por ejemplo, que el médico nos diga que tenemos que perder peso o dejar de fumar, si interiormente no tenemos el convencimiento de que eso tiene que ser así. Si no estamos suficientemente motivados mejor no empezar, pues difícilmente alcanzaremos nuestro objetivo y ello nos provocará mayor frustración y malestar.

El tercer elemento a considerar es que si somos muy ambiciosos y nos proponemos muchos cambios a la vez, lo más probable es que nuestra energía se disperse demasiado y no acabemos alcanzando ninguno de ellos. En este sentido, resulta mucho más efectivo proponerse objetivos realistas y priorizarlos, focalizando nuestro esfuerzo en una sola cosa a la vez. En este caso, la frase ”divide y venderás” da resultado.

Pasos para cambiar o crear un hábito.

1.- Saber qué quieres conseguir: ponle nombre, descríbelo,  exprésalo en palabras. Cuanto más definido lo tengas, más fácil te resultará el resto. Yo, por ejemplo quiero incorporar en mi vida el hábito de beber más agua, pero dicho de esta manera, no me resulta útil por eso debo concretarlo más: quiero beber dos litros de agua al día (lo que equivale a 8 vasos).

2.-Definir una estrategia: o lo que es lo mismo, concretar aquello que haremos para alcanzar nuestro objetivo. Siguiendo con el ejemplo anterior, yo para crearme el hábito de beber más, he empezado a llevar un botellín de agua en el bolso, justo antes de cada comida me lleno un vaso de agua y durante el día me pongo una alarma en el móvil para recordarme que cada 3h he de beber agua. En el caso de querer modificar un hábito ya adquirido, también es importante identificar que situaciones nos pueden llevar a recaer en ese hábito. Por ejemplo, si tenemos la costumbre de fumar un cigarro haciendo la sobremesa después de comer, lo mejor es que después del postre nos levantemos de la mesa y nos desplacemos a otro lugar. También podemos aprovechar para hacer un anclaje con otro hábito, como por ejemplo, substituir el cigarro por una infusión. En este punto puede ser de gran ayuda contar con apoyos en nuestro entorno, personas de nuestra confianza que nos animen, nos reconozcan el esfuerzo y con los que podamos hablar de nuestros avances.

3.-Monitorizar los resultados: Resulta muy útil trabajar un hábito indicando en un calendario nuestros avances, basta con que al finalizar el día marquemos de algún modo si hemos conseguido o no nuestro objetivo. Utilizar un círculo o una cruz puede ser suficiente, pero si lo prefieres también puedes usar colores. En el caso de trabajar con niños suele ser más motivador utilizar pegatinas y dejar que sean ellos quienes las enganchen. Los días que no hayamos podido realizar nuestro propósito vale la pena dedicar unos minutos a reflexionar sobre el motivo y pensar qué haremos para evitar que suceda nuevamente.

4.- Celebrar los logros. Después del esfuerzo bien nos merecemos una recompensa!. Adquirir el propio hábito ya es un gran premio, pero es mejor reforzarlo y no necesariamente tiene que ser con algo material, podemos regalarnos, por ejemplo, un baño relajante con espuma, una frase de autoestima ante el espejo…en el caso de los niños el sincero reconocimiento positivo de los padres ya es una gran recompensa.

Y por último, ten siempre presente la frase de Confucio:

“no importa lo lento que vayas mientras no te detengas” 

Hábitos y rutinas (1a parte)

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“Si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina, es mortal”
(Paulo Coelho)

Esta frase del escritor brasileño viene a reforzar la creencia de que una vida rutinaria acaba siendo una vida estable, predecible pero también monótona y aburrida.

En mi opinión, en la mayoría de ocasiones, la realidad suele ser algo más compleja y las cosas no son siempre malas o buenas, sino que más bien, depende del uso o abuso que hagamos de ellas.

El post de esta semana, junto al de la semana que viene, está dedicado a los hábitos y las rutinas, a conocer los pros y  contras que aportan a nuestra vida, cómo se crean y cómo se modifican para alcanzar el objetivo compartido que tenemos todos los que seguimos y hacemos posible este blog: “ser la mejor versión de nosotros mismos”.

¿Qué son rutinas y hábitos?

Las rutinas son aquellas actividades que realizamos de forma regular y periódica en nuestra vida.

Los hábitos son los modos de actuar que aprendemos o adquirimos para poder satisfacer nuestras rutinas.

Ejemplos simples de todo ello serían tener el hábito de lavarse los dientes después de comer, para satisfacer nuestra rutina de higiene personal diaria  o ir al gimnasio por las mañanas para estar en forma.

¿En qué nos pueden ayudar las rutinas y los hábitos?

  • Seguridad. Seguir una rutina y tener un hábito nos aporta seguridad y confianza, en tanto que podemos prever con antelación lo que pasará. Con ello creamos una zona de confort a nuestro alrededor . Un confort que no quiere decir, ni mucho menos, que nos tenga que gustar, sino que nos es cómodo en tanto que nos es conocido. Un ejemplo positivo de esto es introducir rutinas y hábitos de estudio, de higiene, de sueño, de alimentación …en los niños para que crezcan y se desarrollen en un entorno seguro y confiable que les ayude a fortalecer su autoestima. Ejemplos negativos podrían ser fumarse un cigarro después de comer o usar el coche en horas punta para desplazarse en trayectos cortos por la ciudad.
  • Ahorro de energía. La novedad nos resulta estimulante pero también requiere un sobresfuerzo mental para entenderla, asimilarla y/o adaptarnos a ella. Las rutinas  y los hábitos permiten al cerebro liberar parte de esa energía para poder aplicarla a otras cosas. Así, por ejemplo, cuando caminamos por una ruta que conocemos, seguramente iremos pensando en nuestras cosas, mientras que si caminamos por primera vez hacía un lugar, nuestra atención se focalizará plenamente en encontrar bien la dirección.
  • Facilita las relaciones sociales. Conocer las rutinas y los hábitos de un grupo nos ayuda a integrarnos en él, algo sumamente útil en determinadas ocasiones, como por ejemplo, cuando empezamos a trabajar en un lugar nuevo.

¿En qué nos perjudican las rutinas y los hábitos?

Hay una frase del médico y escritor José Ingenieros que responde a esta pregunta:

“La rutina es el hábito de renunciar a pensar.”

Seguir hábitos y rutinas limita la creatividad, reduce la capacidad de innovación y de crítica constructiva y succiona nuestro entusiasmo, lo que puede llevarnos a una tremendo estado de insatisfacción personal, desánimo  y apatía.

En el siguiente post podrás saber cómo se crea un hábito y como puedes modificarlo.

Durante estos días, te invito a que vayas identificando las principales rutinas que sigues en tu vida y que pienses por unos instantes, qué te aportan de positivo y de negativo cada una de ellas.